La microbiota intestinal se cuela en la consulta: qué pruebas valen la pena y cuáles son puro marketing

La microbiota intestinal se cuela en la consulta: qué pruebas valen la pena y cuáles son puro marketing

En los últimos meses, los test de microbiota se han convertido en uno de los productos estrella del bienestar: se compran online, prometen “optimizar” la salud digestiva y hasta ofrecen recomendaciones personalizadas. Pero en la práctica clínica, el entusiasmo convive con una pregunta incómoda: ¿realmente sirven para tomar decisiones de salud o estamos pagando por un informe bonito con conclusiones débiles?

La microbiota —el conjunto de microorganismos que viven sobre todo en el intestino— se relaciona con funciones clave como el metabolismo, la respuesta inmune y la producción de compuestos bioactivos (como los ácidos grasos de cadena corta). Aun así, la ciencia insiste en un matiz esencial: asociación no es lo mismo que causalidad. Que un perfil microbiano se observe con más frecuencia en personas con obesidad, síndrome de intestino irritable o diabetes tipo 2 no significa que sea la causa directa, ni que “corregirlo” con suplementos vaya a revertir el problema.

El auge de los test se apoya en una idea atractiva: medir tu ecosistema intestinal y actuar en consecuencia. Sin embargo, hoy el principal límite es metodológico. La mayoría de pruebas comerciales analizan ADN bacteriano en heces (habitualmente mediante secuenciación 16S o metagenómica). Eso permite identificar qué microbios están presentes y en qué proporciones aproximadas, pero no siempre refleja lo que ocurre en la mucosa intestinal ni traduce de forma fiable “funciones” (lo que esos microbios están haciendo). Además, el resultado puede variar por factores tan cotidianos como la dieta de esa semana, el estrés, el sueño, un viaje o un antibiótico reciente.

“La microbiota es un sistema dinámico: una única muestra puede ser una foto parcial y, si no se interpreta con historia clínica y contexto, el riesgo de sobrediagnóstico es real”, explica la doctora María José Serrano, especialista en Aparato Digestivo en un hospital público de Madrid. “Hay pacientes que llegan preocupados por ‘tener poca diversidad’ sin síntomas relevantes. En esos casos, el informe puede generar más ansiedad que beneficios”.

En España y en Europa, varias sociedades científicas vienen insistiendo en la prudencia con las pruebas directas al consumidor. El consenso clínico actual es que no existe un “perfil ideal” universal y que la diversidad microbiana, aunque suele asociarse a mejor salud, no es un marcador diagnóstico por sí solo. De hecho, personas sanas pueden mostrar perfiles muy diferentes entre sí. En investigación, grandes proyectos internacionales llevan años mapeando variabilidad poblacional, pero traducirlo a recomendaciones individuales sigue siendo complejo.

Entonces, ¿cuándo pueden ser útiles? En manos de profesionales y con indicación clara, los análisis de heces sí tienen un papel consolidado en medicina, pero no exactamente como “test de microbiota”. Por ejemplo: pruebas para descartar infecciones, detectar toxinas de Clostridioides difficile, estudiar parásitos, medir calprotectina fecal en sospecha de inflamación intestinal o evaluar sangre oculta en heces en programas de cribado. Son herramientas diagnósticas validadas, con guías clínicas y utilidad directa.

Lo que todavía está en terreno resbaladizo es usar un perfil microbiano comercial para decidir dietas extremas, comprar baterías de probióticos o restringir grupos de alimentos sin supervisión. “El problema no es medir, es prometer”, resume el dietista-nutricionista Pablo Olivares, que trabaja en consulta privada en Barcelona. “Veo recomendaciones automáticas que demonizan legumbres o cereales integrales por una supuesta ‘fermentación excesiva’. En realidad, la tolerancia se trabaja con pautas progresivas y con evaluación clínica; recortar fibra sin más puede empeorar estreñimiento, control glucémico y salud cardiometabólica”.

Otro punto crítico es la interpretación de “disbiosis”, un término muy usado en marketing. En ciencia, la disbiosis alude a un desequilibrio asociado a enfermedad, pero no hay un umbral estándar que permita etiquetar a una persona concreta como “disbiótica” solo por un test. Además, muchos informes mezclan métricas no validadas con escalas propias, dificultando comparar resultados entre laboratorios.

¿Qué sí tiene respaldo sólido para cuidar la microbiota sin necesidad de test? Las recomendaciones de salud pública siguen siendo sorprendentemente “poco glamourosas” pero efectivas: más fibra (fruta, verdura, legumbres, frutos secos, cereales integrales), fermentados si se toleran (yogur, kéfir), actividad física regular y sueño suficiente. También es clave evitar el uso innecesario de antibióticos y vigilar el consumo de ultraprocesados, que tienden a desplazar alimentos ricos en fibra y polifenoles.

Para quien se plantea un test de microbiota, los expertos sugieren hacerse tres preguntas prácticas: ¿qué decisión clínica concreta va a cambiar con el resultado?, ¿quién lo interpretará (un profesional sanitario con formación en digestivo o nutrición clínica)?, y ¿la empresa explica con transparencia su método, limitaciones y validación? Si la respuesta es difusa, probablemente el dinero rinda más en una evaluación médica completa, una dieta mejor estructurada o un seguimiento nutricional.

La microbiota seguirá ganando protagonismo: la investigación avanza en terapias basadas en consorcios bacterianos, metabolómica y medicina de precisión. Pero a día de hoy, en la frontera entre ciencia y consumo, conviene recordar una regla básica de bienestar: lo medible no siempre es accionable, y lo accionable rara vez se reduce a una sola cifra en un informe.

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