Un análisis de sangre ultrarrápido podría anticipar un infarto antes de que el daño sea irreversible. Esa es la promesa detrás de una nueva generación de biomarcadores “sensores”, proteínas que se alteran en los primeros minutos de estrés cardíaco y que, combinadas con inteligencia artificial, podrían avisar con horas de margen a los equipos de urgencias. En un momento en el que la cardiopatía isquémica sigue siendo una de las principales causas de muerte en el mundo, el enfoque apunta a un objetivo claro: diagnosticar antes, tratar antes y salvar más miocardio. El punto de partida es una realidad clínica incómoda: hoy se depende en gran medida de la troponina, un marcador excelente para confirmar daño cardíaco, pero que puede tardar en elevarse lo suficiente como para detectarse en fases muy tempranas. Y en cardiología, el tiempo no es un eslogan: cada minuto sin flujo sanguíneo aumenta el riesgo de muerte y de insuficiencia cardiaca posterior. Investigadores de varios grupos académicos y hospitales universitarios están explorando proteínas que reflejan isquemia incipiente (falta de riego) incluso antes de que las células mueran. Entre las más discutidas en los últimos meses en congresos clínicos y publicaciones preprint destacan firmas relacionadas con inflamación vascular, estrés oxidativo y metabolismo energético del corazón. El objetivo: construir un “panel” que detecte el peligro cuando el electrocardiograma todavía es ambiguo y la troponina aún no se ha disparado. En este nuevo enfoque, el protagonista no es una única molécula milagrosa, sino un conjunto de señales biológicas combinadas en modelos estadísticos. En la práctica, el sistema funciona como un semáforo de riesgo: a partir de una pequeña muestra de sangre, un dispositivo de laboratorio o de punto de atención (POCT) cuantifica varios marcadores y un algoritmo devuelve una probabilidad de evento agudo. La ambición es que el resultado llegue en menos de 15–20 minutos, algo especialmente valioso en ambulancias, urgencias saturadas o centros sin acceso inmediato a cardiología intervencionista. “La troponina es fantástica para confirmar lesión, pero nuestro desafío es detectar el sufrimiento del corazón antes de la lesión”, explica a este medio la cardióloga clínica Marta Ríos (Hospital universitario europeo), que investiga herramientas de estratificación de riesgo. “Si podemos identificar a quienes están en fase de isquemia temprana, se abren ventanas terapéuticas más amplias: desde optimizar antiagregación y anticoagulación hasta decidir antes el traslado a hemodinámica”. La innovación no se limita al biomarcador. La otra pieza clave es la integración con datos que ya existen en urgencias: edad, antecedentes, síntomas, constantes vitales y patrones del ECG. En estudios piloto de varios centros, la combinación de paneles proteicos y modelos de aprendizaje automático está mostrando una mejora en la clasificación temprana frente a escalas clínicas tradicionales cuando el cuadro no es “de libro”. Esto es relevante porque un porcentaje significativo de infartos se presenta con síntomas atípicos: fatiga intensa, disnea, náuseas o dolor difuso, especialmente en mujeres y personas mayores. Ahora bien, los expertos advierten: no hay una “prueba definitiva” lista para sustituir los protocolos actuales. Los ensayos en vida real deben demostrar no solo precisión, sino también impacto clínico: menos tiempo hasta la angioplastia, menos ingresos innecesarios, menos eventos adversos y coste-efectividad. “La medicina de urgencias necesita herramientas robustas, no solo prometedoras. Hay que evaluar falsos positivos, sesgos por edad o comorbilidades y la estabilidad de las proteínas en muestras reales”, apunta el bioquímico clínico Alejandro Sanz, especializado en diagnóstico hospitalario. Si el desarrollo progresa, el cambio podría ser profundo: un circuito en el que el paciente con dolor torácico no espere horas para repetir analíticas, sino que reciba una estratificación inmediata. Esto también podría ayudar a liberar camas y recursos, un punto crítico en invierno, cuando aumentan las urgencias respiratorias y la presión asistencial. La noticia llega además en un contexto de prevención que suele olvidarse cuando hablamos de tecnología: el mejor infarto es el que no ocurre. Los cardiólogos insisten en que dejar de fumar, controlar la presión arterial, optimizar el colesterol LDL, dormir bien y mantener actividad física regular sigue siendo la base. Aun así, cuando el evento aparece, disponer de minutos extra puede marcar la diferencia entre volver a casa con una cicatriz mínima o vivir con una insuficiencia cardiaca crónica. El próximo paso será ver estos paneles “sensor” en estudios multicéntricos más grandes y en escenarios exigentes: ambulancias, hospitales comarcales y urgencias con alta rotación. Si superan esa prueba, podríamos estar ante una de las mejoras más concretas en longevidad saludable de la década: no solo vivir más, sino vivir con un corazón más fuerte después de un susto.