
Un simple pinchazo puede acercar el diagnóstico del alzhéimer a la consulta de neurología sin pasar, de entrada, por pruebas más invasivas o costosas. La Comisión Europea ha autorizado el uso del primer análisis de sangre para ayudar a detectar cambios biológicos compatibles con la enfermedad de Alzheimer en personas con deterioro cognitivo, un paso que marca un antes y un después en la forma de orientar el diagnóstico temprano. La prueba no “diagnostica por sí sola”, pero sí puede aportar una información clave para decidir qué pacientes necesitan estudios confirmatorios.
El test autorizado por la UE mide biomarcadores relacionados con la acumulación de amiloide en el cerebro, un proceso característico del alzhéimer que puede comenzar años antes de que aparezcan síntomas claros. En la práctica clínica actual, la confirmación de amiloide suele realizarse mediante una punción lumbar (para analizar líquido cefalorraquídeo) o una PET amiloide, pruebas eficaces pero con limitaciones: la primera es invasiva y la segunda, cara y con disponibilidad desigual. Un análisis de sangre, si se utiliza de forma adecuada, puede servir como filtro inicial para seleccionar mejor a quién derivar a esas técnicas.
La autorización europea llega en un momento en el que el diagnóstico de precisión cobra más importancia por la disponibilidad de tratamientos modificadores de la enfermedad para fases tempranas en algunos países y por el impulso de las unidades de memoria. En España, sociedades científicas como la Sociedad Española de Neurología (SEN) y la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG) llevan años reclamando circuitos más ágiles para evaluar el deterioro cognitivo, especialmente en Atención Primaria y en áreas con menor acceso a tecnología avanzada.
“Disponer de biomarcadores en sangre puede reducir tiempos y racionalizar recursos, pero es esencial que se use en el contexto clínico correcto: personas con síntomas compatibles y una evaluación neuropsicológica previa”, explica la neuróloga María del Mar López, especialista en trastornos cognitivos en un hospital público español. “No es una prueba para hacerse por curiosidad ni para ‘cribar’ a población sana; el riesgo de falsos positivos o interpretaciones erróneas sería alto”, añade.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las demencias afectan a decenas de millones de personas en el mundo y su impacto seguirá creciendo con el envejecimiento de la población. En España, el alzhéimer es la causa más frecuente de demencia. El diagnóstico temprano no solo puede abrir la puerta a tratamientos y ensayos clínicos, sino también a intervenciones de bienestar con evidencia: control de factores vasculares (hipertensión, diabetes, colesterol), actividad física regular, sueño de calidad, estimulación cognitiva, reducción del aislamiento social y manejo de la depresión.
¿Qué cambia con el análisis de sangre? Principalmente, el acceso y la logística. Un laboratorio clínico puede procesar muestras con mayor capacidad que una unidad de medicina nuclear, y la extracción es un procedimiento rutinario. Esto puede facilitar que más pacientes reciban una orientación diagnóstica en fases iniciales, cuando los síntomas son sutiles y la incertidumbre es mayor. Además, la posibilidad de repetir la medición en el tiempo podría ayudar a monitorizar la evolución en contextos de investigación, siempre bajo protocolos estrictos.
Ahora bien, los expertos insisten en que la implementación debe ser prudente. “El gran reto es integrar estos biomarcadores en rutas asistenciales claras: quién los solicita, cómo se interpreta el resultado, qué prueba confirmatoria corresponde y cómo se comunica al paciente”, señala el bioquímico clínico Javier Ortega, miembro de un grupo de trabajo hospitalario sobre biomarcadores neurodegenerativos. “Un resultado positivo puede aumentar la probabilidad de patología amiloide, pero no sustituye a la valoración neurológica ni a la confirmación cuando sea necesaria”, subraya.
También será clave definir la financiación y el uso equitativo. La autorización regulatoria no implica automáticamente disponibilidad universal: dependerá de la adopción por sistemas sanitarios, de la capacidad de los laboratorios y de acuerdos de reembolso. En paralelo, se abre el debate sobre la formación de profesionales para evitar un uso indiscriminado. Las guías clínicas internacionales suelen recomendar que los biomarcadores se empleen en pacientes con síntomas y dudas diagnósticas, no como prueba de rutina en personas sin quejas cognitivas.
Para la población general, el mensaje práctico es doble. Primero, ante fallos de memoria persistentes que interfieren en la vida diaria, conviene consultar y no normalizarlo como “cosas de la edad”, especialmente si hay cambios en lenguaje, orientación o capacidad para gestionar tareas habituales. Segundo, aunque la genética y la edad influyen, hay margen para actuar sobre hábitos asociados a salud cerebral: controlar la presión arterial, evitar el tabaquismo, mantener actividad física y social, y cuidar la audición (la pérdida auditiva no tratada se asocia a mayor riesgo de deterioro cognitivo).
La llegada del primer análisis de sangre autorizado en la UE para ayudar a detectar alzhéimer no es un atajo milagroso, pero sí una herramienta prometedora para acercar la medicina de precisión a más pacientes. Si se integra con criterio, puede acortar el camino entre la sospecha clínica y la confirmación, y permitir decisiones más informadas en un momento en el que cada mes cuenta.