
Durante años, el virus respiratorio sincitial (VRS) se ha asociado casi en exclusiva a bronquiolitis en bebés. Sin embargo, los hospitales llevan tiempo viendo otra cara del mismo problema: en personas mayores y en adultos con enfermedades crónicas, el VRS puede desencadenar neumonías, descompensaciones de EPOC o insuficiencia cardiaca y un aumento notable de ingresos en los meses fríos. Con la llegada de nuevas vacunas en Europa, España empieza a consolidar una estrategia preventiva que mira más allá de la gripe y la COVID-19.
El VRS es un virus respiratorio estacional que circula de forma intensa en otoño e invierno. En adultos sanos suele causar un cuadro similar a un resfriado, pero el riesgo se dispara con la edad y con ciertas patologías. La evidencia acumulada ha colocado al VRS en el radar de la salud pública: en mayores, la infección puede ser grave, prolongada y con complicaciones, y además suele confundirse con otras infecciones respiratorias, lo que retrasa el diagnóstico.
En la Unión Europea ya están autorizadas varias vacunas frente al VRS para adultos mayores. La Agencia Europea de Medicamentos (EMA) recomendó en 2023 la autorización de vacunas de subunidad proteica para la prevención de la enfermedad del tracto respiratorio inferior causada por VRS en adultos de 60 años o más, y desde entonces distintos países han ido incorporándolas con criterios de riesgo. En España, la implementación se está realizando de forma progresiva, con especial foco en personas de edad avanzada y pacientes vulnerables, y con un mensaje claro: la prevención del VRS puede aliviar presión asistencial en la temporada respiratoria, cuando coinciden varios virus.
“El VRS no es solo un problema pediátrico; en geriatría y en neumología vemos cada invierno un impacto clínico relevante, especialmente en quienes tienen EPOC, cardiopatía o fragilidad”, explica en conversación con este medio la doctora María José Roldán, especialista en medicina preventiva en un hospital público de Madrid. “La vacunación permite reducir el riesgo de formas graves y, sobre todo, evitar descompensaciones que acaban en urgencias”.
¿A quién se recomienda? En términos generales, las agencias sanitarias europeas y las guías clínicas apuntan a adultos a partir de 60 años, con especial prioridad para quienes presentan comorbilidades (EPOC, asma grave, insuficiencia cardiaca, diabetes mal controlada, enfermedad renal crónica, inmunosupresión) o viven en entornos donde la transmisión es más probable. También se valora en mayores institucionalizados o con dependencia, donde una infección respiratoria puede traducirse rápidamente en pérdida funcional.
La pregunta práctica es cuándo vacunarse. Los expertos suelen situar la ventana ideal antes del pico de circulación, es decir, al inicio del otoño, aunque la decisión puede individualizarse según la comunidad autónoma, el historial clínico y el calendario de otras vacunas. En la vida real, muchos mayores encadenan vacunas estacionales (gripe, COVID-19, neumococo) y la planificación es clave para mejorar la adherencia y minimizar visitas. “Lo importante es revisar el calendario con el médico o con enfermería y priorizar por riesgo; no se trata de ‘ponérselo todo’, sino de poner lo que toca a quien más se beneficia”, añade Roldán.
¿Qué protegen estas vacunas? La evidencia de ensayos clínicos en adultos mayores ha mostrado una reducción significativa de la enfermedad del tracto respiratorio inferior asociada al VRS y de los cuadros más sintomáticos, con perfiles de seguridad comparables a otras vacunas habituales en adultos. Como con cualquier inmunización, la protección no es absoluta, pero el objetivo principal es evitar los casos que terminan en neumonía, ingreso o descompensación de enfermedades previas.
Más allá de la vacuna, los especialistas recuerdan que la prevención del VRS se beneficia de medidas sencillas: ventilación, higiene de manos y evitar contacto estrecho con personas con síntomas respiratorios, especialmente si se convive con un mayor frágil. Además, ante tos persistente, fiebre, dificultad respiratoria o empeoramiento de una enfermedad pulmonar o cardiaca, conviene consultar, porque en mayores la infección puede no presentarse con los signos “típicos” y evolucionar rápido.
El contexto es más amplio: Europa vive una etapa de reordenación de la prevención respiratoria en adultos. Tras la pandemia, la población es más consciente del impacto de los virus estacionales, y los sistemas sanitarios buscan herramientas para reducir la carga de ingresos en los picos invernales. En esa estrategia, el VRS se suma a la gripe y la COVID-19 como un tercer actor que, aunque menos conocido, puede ser muy relevante en términos de morbilidad en mayores.
“La buena noticia es que por primera vez tenemos una herramienta específica para una infección que antes asumíamos como inevitable en adultos mayores”, señala el doctor Javier Hernández, neumólogo en Valencia. “La clave ahora es identificar a los pacientes de mayor riesgo y facilitar el acceso, porque la prevención funciona mejor cuando llega antes de la ola”.
La próxima temporada respiratoria volverá a poner a prueba la capacidad de anticipación. Para muchos mayores y sus familias, la pregunta ya no es solo si toca la vacuna de la gripe, sino qué otras protecciones pueden marcar la diferencia. Con el VRS, la medicina preventiva abre una puerta nueva: reducir complicaciones, mantener autonomía y evitar ingresos en el momento del año en el que el sistema y los pacientes están más expuestos.