
No es solo cuestión de dormir poco: la luz que te acompaña por la noche —la del móvil, la televisión o incluso farolas que se cuelan por la ventana— podría estar influyendo en cómo tu cuerpo gestiona el azúcar. Una nueva investigación europea vuelve a poner el foco en un hábito cada vez más común: acostarse con pantallas encendidas o con iluminación ambiental, y su posible vínculo con alteraciones metabólicas.
El trabajo, coordinado por un consorcio de universidades y hospitales de varios países de la UE y publicado este mes en una revista de epidemiología y cronobiología, analizó datos de adultos de mediana edad y mayores, combinando cuestionarios de sueño con mediciones objetivas de luz nocturna mediante sensores en una submuestra. Los autores observaron que quienes presentaban mayor exposición a luz entre medianoche y las 6:00 tendían a mostrar marcadores menos favorables de salud metabólica, especialmente en lo relativo a la resistencia a la insulina, un estado previo que aumenta el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2.
El hallazgo no implica que la luz sea la única causa ni que baste con apagar una lámpara para “curar” el metabolismo. Aun así, encaja con lo que la ciencia lleva años describiendo: el cuerpo humano está sincronizado con ciclos de luz y oscuridad, y cuando ese reloj interno se desajusta, pueden aparecer consecuencias. “La luz nocturna actúa como una señal biológica que le dice al organismo que aún es de día; eso puede alterar la secreción hormonal y el ritmo circadiano”, explica la doctora Laura Montalbán, especialista en medicina del sueño del Hospital Universitario La Paz (Madrid), que no participó en el estudio. “No es lo mismo levantarse a beber agua que pasar una hora con el móvil a 20 centímetros de la cara”.
En términos prácticos, la investigación sugiere un gradiente: a mayor intensidad y duración de luz nocturna, peor perfil metabólico promedio. Los análisis ajustaron por factores como edad, índice de masa corporal, actividad física, consumo de alcohol y tabaco, y nivel socioeconómico, aunque los autores reconocen que siempre puede haber confusión residual (por ejemplo, horarios laborales, estrés, ansiedad o calidad global del sueño). Aun así, el patrón se mantuvo con consistencia y fue más marcado en personas con horarios irregulares.
¿Qué mecanismos podrían explicar esta relación? Uno de los más estudiados es la melatonina, una hormona que aumenta por la noche y ayuda a conciliar el sueño, pero que también participa en la regulación del metabolismo. La exposición a luz, especialmente la rica en longitudes de onda azul (común en LEDs y pantallas), puede reducir la melatonina y retrasar el “inicio biológico” de la noche. Además, la luz nocturna puede favorecer despertares o un sueño más superficial, y la falta de sueño se asocia desde hace tiempo con mayor apetito, peor control glucémico y cambios en la sensibilidad a la insulina.
El estudio llega en un contexto en el que la iluminación artificial se ha convertido en una constante. Según estimaciones de organismos internacionales de salud pública y energía, gran parte de la población urbana vive con niveles de contaminación lumínica que dificultan la oscuridad total en dormitorios. “La sociedad ha normalizado el ‘siempre encendido’: notificaciones, luces piloto, televisores de fondo. A nivel poblacional, pequeños efectos sostenidos pueden traducirse en un impacto relevante”, señala Javier Ríos, investigador en cronobiología de una universidad catalana, consultado para este medio.
Los autores proponen que la luz nocturna se incorpore como variable a considerar en estrategias preventivas de diabetes y síndrome metabólico, junto a dieta, ejercicio y sueño. No plantean alarmismo, sino un ajuste de hábitos de bajo coste: reducir pantallas en la última hora del día, usar modos nocturnos o filtros cálidos, mantener el dormitorio lo más oscuro posible y, si se necesita una luz de paso, optar por iluminación tenue y cálida. También recomiendan priorizar la exposición a luz natural por la mañana, que ayuda a reforzar el reloj circadiano.
Para España, donde los horarios tardíos y el uso nocturno de dispositivos son frecuentes, el mensaje puede ser especialmente relevante. La evidencia acumulada indica que el sueño no es un lujo, sino una pieza central del bienestar. Y ahora se suma un matiz: no solo importa cuánto dormimos, sino en qué “ambiente de luz” lo hacemos.
En la práctica, los expertos recuerdan que el cambio más eficaz suele ser el más sencillo: convertir el dormitorio en un espacio de descanso real. “Si alguien quiere empezar por algo, que pruebe una semana con el móvil fuera de la habitación y persianas bien bajadas”, sugiere la doctora Montalbán. “Muchas personas notan mejoría en la calidad del sueño, y eso ya es una ganancia”. Mientras la investigación avanza para precisar causación y umbrales de riesgo, la recomendación prudente es clara: oscuridad por la noche, luz por la mañana, y un metabolismo que, probablemente, lo agradecerá.