Luz roja e infrarroja en casa: qué dice la evidencia sobre la fotobiomodulación para dolor, piel y recuperación

Luz roja e infrarroja en casa: qué dice la evidencia sobre la fotobiomodulación para dolor, piel y recuperación

Paneles de “luz roja”, máscaras LED y dispositivos portátiles de infrarrojo cercano se han colado en gimnasios, clínicas estéticas y, cada vez más, en salones de casa. La promesa suena atractiva: menos dolor, mejor recuperación y una piel más uniforme sin agujas ni fármacos. Pero ¿qué hay realmente detrás de la fotobiomodulación, el nombre médico de esta terapia con luz de baja intensidad?

La fotobiomodulación utiliza longitudes de onda en el rango del rojo y el infrarrojo cercano (aproximadamente 600–900 nm) para estimular procesos celulares. A diferencia de los láseres quirúrgicos, aquí no se busca calentar o destruir tejido, sino desencadenar respuestas biológicas. La hipótesis más aceptada es que la luz es absorbida por componentes celulares como la citocromo c oxidasa (en la mitocondria), lo que puede modular la producción de energía (ATP) y señales relacionadas con inflamación y reparación.

En medicina, su uso no es nuevo. En hospitales se emplea desde hace años en contextos concretos, como el manejo de la mucositis oral (inflamación dolorosa de la mucosa) en pacientes oncológicos, donde existe evidencia clínica y guías que recomiendan su aplicación en determinados casos. “En el entorno hospitalario, la fotobiomodulación se ha integrado sobre todo cuando hay protocolos y parámetros claros: dosis, frecuencia y objetivo clínico”, explica la doctora Ana Beltrán, especialista en Medicina Física y Rehabilitación en un hospital público de Madrid.

El salto al consumo doméstico, sin embargo, trae una cuestión clave: los resultados dependen mucho del dispositivo y de cómo se use. En fotobiomodulación no basta con “ponerse luz”: importan la potencia, la distancia, el tiempo de exposición, el área tratada y la constancia. También existe un fenómeno conocido como respuesta bifásica: demasiada dosis puede no aportar beneficios e incluso reducir el efecto esperado. Por eso, extrapolar resultados de ensayos clínicos a aparatos de uso general puede ser problemático si no se igualan parámetros.

¿Para qué indicaciones hay mejor respaldo? En dolor y función, la evidencia es heterogénea, pero hay estudios y revisiones que apuntan a beneficios modestos en dolor musculoesquelético (por ejemplo, ciertas tendinopatías o dolor cervical) cuando se aplica con parámetros adecuados y como complemento a ejercicio y fisioterapia, no como sustituto. En deporte, algunos trabajos sugieren mejoras pequeñas en marcadores de fatiga o recuperación, aunque el tamaño del efecto varía y no siempre se replica. “La luz roja no reemplaza el sueño, la periodización del entrenamiento ni la nutrición; si ayuda, lo hace como una pieza más del puzle”, señala Javier Mena, fisioterapeuta deportivo y profesor colaborador en un máster de readaptación en Barcelona.

En dermatología estética, el LED rojo se usa en consulta como apoyo para inflamación postprocedimiento, acné leve o mejora de textura y líneas finas. Aquí conviene separar expectativas: puede contribuir a cambios sutiles y progresivos, especialmente cuando hay un plan (fotoprotección, retinoides, hidratación) y constancia. No es un “lifting” ni corrige por sí solo manchas profundas. Además, los dispositivos de consumo difieren mucho: una máscara de baja potencia puede requerir más sesiones que un panel clínico con irradiancia medida.

La seguridad es otro punto de actualidad. En general, la fotobiomodulación se considera bien tolerada cuando se usa correctamente, pero no es inocua para todos. Personas con fotosensibilidad (por enfermedades o por medicación), con patologías oculares o que usen el dispositivo cerca de los ojos deberían extremar precauciones y seguir indicaciones. También es prudente consultar en caso de embarazo, epilepsia fotosensible o antecedentes de cáncer en la zona a tratar. Y un detalle práctico: algunos equipos potentes generan calor; si la piel se enrojece o hay sensación de quemazón, hay que reducir tiempo o distancia.

Si estás pensando en comprar un aparato, los expertos recomiendan fijarse menos en el marketing y más en la información técnica: longitudes de onda especificadas (no “luz roja” genérica), potencia/irradiancia, certificaciones de seguridad eléctrica y fotobiológica, instrucciones claras de uso y posibilidad de devolución. Desconfía de promesas absolutas (“cura la artritis”, “rejuvenece 10 años”) y de dispositivos que no ofrecen datos medibles. También conviene recordar que la evidencia es por indicación: que funcione en mucositis no implica que funcione igual para “longevidad” o “biohacking”.

El interés por estas terapias refleja una tendencia mayor: la búsqueda de intervenciones no farmacológicas, accesibles y con bajo riesgo para mejorar calidad de vida. La fotobiomodulación encaja en ese marco, pero su mejor papel hoy parece ser el de coadyuvante en objetivos concretos, con expectativas realistas y, cuando hay patología, con supervisión profesional.

Mientras la investigación sigue afinando dosis y protocolos —y separando qué es efecto real y qué es placebo—, la recomendación sensata es clara: si se usa, que sea con un dispositivo fiable, un plan de aplicación coherente y sin perder de vista lo básico: actividad física, sueño, alimentación y seguimiento médico cuando toca. La luz puede sumar, pero no sustituye los pilares.

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