Ozempic, Wegovy y Mounjaro: qué se sabe en 2026 sobre beneficios, riesgos y el efecto rebote de los fármacos para perder peso

Ozempic, Wegovy y Mounjaro: qué se sabe en 2026 sobre beneficios, riesgos y el efecto rebote de los fármacos para perder peso

La conversación sobre la pérdida de peso ha cambiado de década en apenas dos años: los fármacos basados en incretinas (GLP-1 y GIP) han pasado de ser “medicación para la diabetes” a convertirse en una herramienta de primera línea contra la obesidad. Pero 2026 llega con un debate más maduro: qué beneficios son reales, qué riesgos hay que vigilar y por qué el mantenimiento del peso sigue siendo el gran reto.

Los medicamentos más conocidos —semaglutida (Ozempic/Wegovy) y tirzepatida (Mounjaro/Zepbound)— han demostrado pérdidas de peso clínicamente relevantes en ensayos y en práctica real. En los estudios pivotales, semaglutida a dosis para obesidad logró en promedio alrededor del 15% de reducción de peso en personas sin diabetes, mientras que tirzepatida alcanzó cifras superiores, en torno al 20% o más en algunos grupos, siempre acompañadas de cambios de estilo de vida. Estas magnitudes no son “estética”: se asocian a mejoras en presión arterial, marcadores de hígado graso, apnea del sueño y control glucémico.

En España, el mensaje de las sociedades científicas insiste en una idea: la obesidad es una enfermedad crónica y su tratamiento debe ser continuo y personalizado. “No estamos ante una solución rápida, sino ante una terapia que requiere seguimiento, educación nutricional y objetivos realistas”, explica la endocrinóloga Marta Ruiz, del ámbito hospitalario, en conversación con este medio. “La medicación puede facilitar la adherencia y reducir el hambre, pero el plan terapéutico tiene que contemplar actividad física, calidad de la dieta y salud mental”.

Uno de los puntos que más titulares genera es el llamado “efecto rebote”. Los datos disponibles indican que, al suspender el fármaco, una parte importante de personas recupera peso de forma gradual. Esto no es una sorpresa para los especialistas: ocurre también con otros tratamientos crónicos cuando se interrumpen. El aprendizaje de estos años es doble. Primero, que el mantenimiento necesita estrategias específicas (proteína suficiente, entrenamiento de fuerza, sueño, y un entorno alimentario menos obesogénico). Segundo, que en muchos pacientes la terapia farmacológica puede plantearse como tratamiento a largo plazo, igual que sucede con la hipertensión o el colesterol.

En paralelo, se han ido afinando las alertas de seguridad. Los efectos adversos más frecuentes siguen siendo gastrointestinales: náuseas, diarrea, estreñimiento y vómitos, especialmente al iniciar o subir dosis. También se vigilan eventos como pancreatitis o problemas de vesícula, aunque son poco frecuentes. Además, las agencias reguladoras mantienen advertencias en ficha técnica sobre riesgo de tumores tiroideos tipo C en modelos animales para algunos agonistas GLP-1, motivo por el que están contraindicados en personas con antecedentes personales o familiares de carcinoma medular de tiroides o MEN2. “La mayoría tolera bien el tratamiento si se titula con calma y se acompaña de pautas dietéticas; el problema llega cuando se usa sin control o con expectativas irreales”, señala el farmacólogo clínico Javier Llorente.

Otro frente es el de la pérdida de masa muscular cuando la bajada de peso es rápida y no se protege la composición corporal. La evidencia coincide: si el déficit calórico es grande y no hay ejercicio de fuerza, parte del peso perdido puede ser masa magra. Por eso, cada vez más unidades recomiendan combinar el fármaco con entrenamiento de resistencia y una ingesta proteica ajustada, especialmente en mayores de 60 años, donde la sarcopenia ya es un riesgo de por sí.

La actualidad también pasa por el acceso. La demanda mundial ha generado tensiones de suministro intermitentes en los últimos años, y los sistemas sanitarios siguen discutiendo criterios de financiación y priorización. En Europa, la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) y las autoridades nacionales han reiterado que estos fármacos deben usarse bajo prescripción y con indicación clara, evitando el desvío hacia usos estéticos. En España, los clínicos recuerdan que la indicación para obesidad suele basarse en IMC elevado y/o comorbilidades, y que el seguimiento es clave para ajustar dosis, controlar efectos adversos y valorar continuidad.

En el horizonte, la innovación no se detiene: se investigan nuevas combinaciones de incretinas y moléculas con potencial para mejorar eficacia, tolerabilidad o mantenimiento del peso. También crece el interés por resultados “más allá de la báscula”, como el impacto en riesgo cardiovascular, hígado graso o calidad de vida. La medicina de la obesidad se está moviendo hacia un enfoque integral, donde fármacos, nutrición, psicología y ejercicio se combinan de forma personalizada.

La conclusión que se impone en 2026 es menos espectacular, pero más útil: estos tratamientos pueden ser una herramienta transformadora para muchas personas, siempre que se entiendan como parte de un plan médico completo. No sustituyen hábitos, los facilitan; no garantizan un resultado permanente si se abandona el seguimiento; y exigen el mismo rigor que cualquier terapia crónica. La noticia, en realidad, es que por fin se está tratando la obesidad con la seriedad clínica que merece.

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