La idea de anticiparse al alzhéimer antes de que aparezcan los olvidos persistentes lleva décadas persiguiéndose. Ahora, una nueva generación de análisis de sangre está acercando esa posibilidad a la consulta de Atención Primaria: pruebas capaces de detectar cambios biológicos asociados a la enfermedad varios años antes de los síntomas. El avance suena a revolución, pero también abre un debate urgente sobre a quién se debe hacer, con qué garantías y qué ocurre cuando el resultado es “positivo” sin que exista aún una cura definitiva.En los últimos meses, varios grupos de investigación y hospitales europeos han presentado resultados en los que la medición en sangre de proteínas vinculadas a la neurodegeneración —especialmente p-tau (tau fosforilada) y la relación con marcadores como beta-amiloide— logra una precisión alta para identificar personas con cambios compatibles con alzhéimer. Estas señales, hasta hace poco, se confirmaban sobre todo con punción lumbar (líquido cefalorraquídeo) o con PET (tomografía por emisión de positrones), técnicas más invasivas o costosas y con acceso desigual según la comunidad autónoma.La clave es que el alzhéimer no comienza cuando alguien se pierde en un barrio conocido, sino mucho antes. Se estima que los depósitos de amiloide y otras alteraciones pueden acumularse durante 10 a 20 años antes de que el deterioro cognitivo sea evidente. Por eso, una herramienta barata y escalable como un análisis de sangre podría cambiar el enfoque: pasar de “confirmar” un diagnóstico cuando el daño está avanzado a estratificar el riesgo y actuar temprano, con seguimiento, cambios de estilo de vida y, cuando esté indicado, terapias modificadoras de la enfermedad.En España, el interés es creciente. Unidades de memoria de hospitales públicos y privados están empezando a incorporar estos biomarcadores en circuitos de investigación y en casos seleccionados de práctica clínica. Sin embargo, la adopción generalizada todavía requiere pasos claros: validación en población real (no solo en cohortes altamente seleccionadas), estándares de laboratorio, puntos de corte, y formación de profesionales para comunicar resultados complejos sin alarmismo.“Estamos ante una herramienta muy prometedora, pero no es un test de ‘sí o no’ para toda la población”, explica la neuróloga Dra. Laura Jiménez, especialista en trastornos cognitivos en un hospital universitario de Madrid. “Su mayor utilidad hoy es en personas con quejas de memoria o deterioro leve, para orientar el diagnóstico y decidir quién se beneficia de pruebas confirmatorias o de un seguimiento más estrecho”.La cuestión ética es central. Un resultado compatible con patología de alzhéimer en sangre no equivale a un destino inevitable, especialmente si la persona está asintomática. Además, el impacto psicológico puede ser considerable. “Necesitamos protocolos de consejo pre y post prueba, como ocurre en genética: explicar qué significa, qué no significa y qué opciones reales hay”, señala el psicólogo clínico Álvaro Sánchez, que trabaja con familias en procesos de diagnóstico de demencia. “Para algunas personas, saberlo puede ayudar a planificar y reducir incertidumbre; para otras, puede ser una carga si no hay un plan de acción”.¿Qué beneficios prácticos podría aportar a corto plazo? Primero, acelerar el diagnóstico en consultas saturadas, reduciendo el peregrinaje por pruebas. Segundo, mejorar la selección de pacientes para ensayos clínicos y para terapias emergentes. Y tercero, abrir la puerta a una prevención más personalizada: control estricto de hipertensión, diabetes, colesterol, mejora del sueño, tratamiento de la depresión, ejercicio y dieta, factores que se asocian con menor riesgo o progresión más lenta en distintos estudios epidemiológicos.Pero también hay límites que conviene subrayar. Los biomarcadores no sustituyen la evaluación clínica: historia, exploración neurológica y pruebas neuropsicológicas siguen siendo el núcleo del diagnóstico. Además, la precisión de un test depende del contexto: en población general de bajo riesgo, incluso una prueba muy buena puede generar falsos positivos. Por eso, los expertos insisten en que la implementación debe ser gradual y basada en indicaciones claras.Desde el punto de vista del sistema sanitario, la pregunta es cuándo llegará a la sanidad pública como herramienta rutinaria. Fuentes del ámbito hospitalario apuntan a que el despliegue podría empezar por unidades de memoria y neurología, con derivación desde Atención Primaria, antes de considerar un uso más amplio. La evaluación de coste-efectividad será determinante: un análisis de sangre puede abaratar el proceso diagnóstico, pero también puede aumentar la demanda de confirmaciones (PET o punción lumbar) si se usa sin filtros.En paralelo, la investigación continúa afinando paneles combinados que integran biomarcadores de alzhéimer con otros de neurodegeneración y daño axonal (como neurofilamento ligero), buscando no solo detectar, sino predecir velocidad de progresión y respuesta a tratamientos. Si estas herramientas se consolidan, la medicina de precisión en neurología podría dar un salto similar al que ya se ha visto en oncología, aunque con un reto añadido: el cerebro y sus enfermedades siguen siendo uno de los territorios más complejos de la biomedicina.Por ahora, el mensaje útil para la población es prudente: no se trata de correr a hacerse un test por cuenta propia, sino de consultar si hay síntomas o antecedentes y exigir un abordaje integral. El futuro apunta a diagnósticos más tempranos y menos invasivos, pero la verdadera innovación será que cada resultado venga acompañado de un plan clínico y de bienestar realista, con seguimiento, apoyo emocional y decisiones compartidas.