La soledad no duele solo en el ánimo: cada vez hay más evidencia de que también se cuela en el sueño, la adherencia a hábitos saludables y el riesgo de empeorar enfermedades crónicas. Por eso, la llamada prescripción social —derivar desde Atención Primaria a actividades comunitarias— está ganando terreno en España con un enfoque más sistemático: paseos guiados, grupos de apoyo, talleres de cocina saludable y programas culturales que se “recetan” como complemento a la intervención clínica.Varios servicios autonómicos de salud están reforzando estas derivaciones con circuitos más claros entre centros de salud, ayuntamientos y entidades del tercer sector. La idea es sencilla: si un paciente consulta por insomnio, ansiedad leve, sedentarismo o aislamiento, el profesional puede ofrecer —además de las recomendaciones habituales— una derivación estructurada a recursos del barrio. El objetivo no es sustituir tratamientos, sino mejorar determinantes que a menudo impiden que funcionen: falta de red social, rutinas desordenadas o ausencia de actividad física.En los últimos meses, sociedades científicas vinculadas a la Atención Primaria y la Salud Pública han insistido en que el abordaje comunitario puede ser especialmente útil en perfiles de mayores que viven solos, cuidadores con sobrecarga y personas con síntomas depresivos subclínicos. También se está utilizando en pacientes con diabetes tipo 2 o hipertensión con dificultades para mantener cambios de estilo de vida: caminar en grupo y aprender a planificar menús sencillos, por ejemplo, suele mejorar la continuidad frente a la recomendación aislada en consulta.Los datos que impulsan este movimiento no son nuevos, pero sí más consistentes. Revisiones recientes en salud pública han asociado la participación regular en actividades comunitarias con mejoras modestas pero relevantes en bienestar percibido, reducción de la sensación de soledad y aumento de la actividad física semanal. Además, algunos programas reportan una caída de la demanda reiterada por motivos inespecíficos (como malestar general o problemas de sueño) cuando se aborda el aislamiento. La clave, señalan los expertos, es el diseño: actividades accesibles, cercanas, con horarios realistas y acompañamiento inicial para vencer la “primera barrera” de asistir.“La consulta detecta el síntoma, pero muchas veces el origen está fuera: rutinas, vínculos, entorno. La prescripción social nos permite actuar sobre eso con herramientas concretas”, explica María López, médica de familia en un centro de salud urbano de Madrid, que participa en un programa piloto de derivación a caminatas comunitarias y talleres de higiene del sueño. “No es magia: funciona mejor cuando hay seguimiento y cuando el paciente siente que no va solo el primer día”, añade.En paralelo, ayuntamientos y redes comunitarias están adaptando su oferta para que sea “prescribible”: grupos de paseo con monitor, actividades de intensidad progresiva, clubes de lectura orientados a mayores o espacios de cocina donde se trabaja desde la compra hasta el plato final. En nutrición, la tendencia se orienta a lo práctico: talleres de batch cooking (cocina por tandas) y educación alimentaria centrada en presupuesto, legumbres, verduras de temporada y reducción de ultraprocesados, sin discursos culpabilizadores. El foco es aumentar la adherencia a largo plazo, algo especialmente relevante en épocas como el invierno, cuando el sedentarismo y el aislamiento suelen aumentar.La innovación no está solo en la idea, sino en la medición. Algunos centros están incorporando cuestionarios breves de soledad y bienestar, y registran la asistencia a actividades comunitarias como parte del plan de cuidados. También se ensayan modelos con figuras de enlace —a veces denominadas “agentes comunitarios” o “enfermería comunitaria de enlace”— que ayudan a elegir la actividad adecuada y resuelven barreras logísticas (horarios, transporte, coste).“Cuando hablamos de salud, hablamos de biología, pero también de conducta y de contexto. La prescripción social es una forma ordenada de conectar a la persona con recursos que ya existían, pero a los que no llegaba”, señala Javier Martín, psicólogo de la salud y colaborador en un proyecto local de prevención de soledad no deseada. “El beneficio más visible suele ser el ánimo, pero también vemos cambios en sueño, motivación para moverse y sensación de control”, apunta.Los límites, sin embargo, son claros. Expertos en gestión sanitaria recuerdan que no basta con “recetar” una actividad si no existe oferta suficiente o si está saturada. La equidad es el gran reto: barrios con menos recursos comunitarios o con población dispersa pueden quedarse atrás. Además, se insiste en que la prescripción social debe convivir con la atención clínica: en casos de depresión moderada o riesgo suicida, por ejemplo, no es una alternativa al tratamiento especializado.Con todo, el impulso actual refleja un cambio de paradigma: entender que mejorar salud y longevidad no depende solo de fármacos o pruebas diagnósticas, sino de crear condiciones para sostener hábitos. En un momento en que el sistema sanitario busca fórmulas para aliviar presión asistencial sin perder calidad, la prescripción social se perfila como una herramienta pragmática: más comunidad, más movimiento y más apoyo para que el bienestar no sea un consejo, sino una rutina posible.
La nueva generación de vacunas intranasales contra la gripe avanza en Europa: más cómodas y con foco en frenar el contagio
Pinchazo o espray. En pleno pico invernal y con las urgencias tensionadas por infecciones respiratorias, una idea vuelve a ganar fuerza en laboratorios y hospitales europeos: vacunas intranasales que se administran como un aerosol y buscan no solo evitar la enfermedad grave, sino también reducir la transmisión al reforzar la inmunidad en la mucosa de la nariz, la puerta de entrada habitual del virus de la gripe.La actualidad llega de la mano de varios programas de investigación y ensayos que, según fuentes del ámbito regulatorio y clínico, están empujando a una “segunda ola” de candidatos intranasales con tecnologías más precisas que las de generaciones anteriores. El objetivo es ambicioso: mejorar la aceptación de la vacunación en población reticente a las agujas y, al mismo tiempo, potenciar la respuesta inmune local en vías respiratorias, donde se inicia la infección. En un contexto en el que los sistemas sanitarios buscan herramientas preventivas más eficientes, la vía intranasal se perfila como una alternativa con potencial impacto poblacional.La lógica biológica es clara. Las vacunas intramusculares tradicionales generan una buena respuesta sistémica (anticuerpos en sangre), eficaz para disminuir complicaciones, hospitalizaciones y mortalidad. Sin embargo, los virus respiratorios se replican primero en la mucosa nasal. Por eso, cada vez se habla más de inmunidad mucosal, especialmente de anticuerpos IgA y de células inmunes residentes que actúan en el propio epitelio respiratorio. “Si logramos una respuesta robusta en la mucosa, el virus lo tiene más difícil para establecerse y multiplicarse; eso puede traducirse en menos contagios”, explica la inmunóloga clínica María Sanz, del entorno hospitalario madrileño, en declaraciones a este medio.En Europa ya existe experiencia con formulaciones nasales en población pediátrica en algunos países, pero la nueva generación apunta a ampliar perfiles: adultos, mayores y personas con comorbilidades, segmentos donde la eficacia y la seguridad deben demostrarse con especial rigor. Además, los desarrolladores intentan resolver dos retos históricos: la consistencia de la respuesta inmune (que puede variar según la técnica de administración o el estado de la mucosa) y la estabilidad del producto.Los equipos que lideran estos proyectos combinan plataformas diversas: vectores virales atenuados, proteínas recombinantes con adyuvantes diseñados para mucosa y, en algunos casos, formulaciones que se inspiran en la rapidez de actualización de las tecnologías de ARN, aunque adaptadas a la vía nasal. El mensaje común es que la administración sin aguja podría facilitar campañas masivas, reducir barreras logísticas y mejorar la experiencia del paciente. “La comodidad importa: en salud pública, cada punto porcentual de cobertura cuenta”, resume Javier Molina, farmacéutico y experto en políticas del medicamento, que subraya que el impacto real dependerá de resultados comparativos frente a las vacunas actuales.El interés no es solo clínico, también económico y organizativo. En temporadas con circulación intensa de virus, la gripe sigue siendo una causa relevante de bajas laborales, complicaciones en población vulnerable y presión sobre atención primaria. Distintos informes de organismos europeos de vigilancia epidemiológica recuerdan que la vacunación antigripal reduce la carga de enfermedad, pero la efectividad varía cada año por la adecuación de cepas y por el estado inmunitario de cada grupo. En ese escenario, una vacuna que además pueda disminuir la transmisión tendría un valor añadido para residencias, hospitales y entornos donde los brotes son difíciles de contener.Ahora bien, los expertos piden prudencia. La vía intranasal plantea preguntas específicas: ¿cómo se comporta en personas con rinitis crónica o con uso frecuente de descongestionantes? ¿Qué ocurre si hay infección respiratoria concomitante en el momento de la vacunación? ¿Cómo se mide de forma estandarizada la inmunidad mucosal para comparar estudios? Y, sobre todo, ¿qué perfil de seguridad se observa en grandes cohortes? Aunque la mayoría de candidatos actuales se diseñan con estándares exigentes, la evaluación regulatoria debe contemplar efectos locales (irritación, epistaxis) y la duración de la protección.En España, profesionales de atención primaria consultados señalan un posible efecto positivo adicional: mejor adherencia en personas con fobia a agujas y en campañas comunitarias. “Hay pacientes que se vacunarían si fuese un espray; no es una anécdota, lo vemos cada temporada”, comenta Sanz. Aun así, matiza que la comunicación será clave para evitar falsas expectativas: una vacuna intranasal no sustituye automáticamente a las actuales, sino que podría convertirse en una herramienta más, con indicaciones concretas según edad y riesgo.El calendario es el gran interrogante. Aunque algunos candidatos avanzan en fases clínicas, la llegada a consultas depende de resultados sólidos, fabricación a gran escala y autorizaciones. Mientras tanto, los especialistas recuerdan que las medidas que ya funcionan siguen siendo relevantes: vacunación en grupos recomendados, higiene de manos, ventilación en interiores y quedarse en casa si hay fiebre o síntomas intensos. La innovación, dicen, es prometedora, pero la prevención cotidiana continúa siendo el primer eslabón.Si la próxima temporada trae novedades, lo importante será discernir qué aporta cada formulación: protección frente a enfermedad grave, duración, facilidad de distribución y potencial para cortar cadenas de contagio. La nariz podría convertirse en el nuevo frente de la vacunación antigripal, pero el veredicto final lo dictarán los datos y la experiencia en el mundo real.
Un análisis de sangre promete detectar el alzhéimer años antes: qué se sabe y cuándo llegará a la sanidad pública
La idea de anticiparse al alzhéimer antes de que aparezcan los olvidos persistentes lleva décadas persiguiéndose. Ahora, una nueva generación de análisis de sangre está acercando esa posibilidad a la consulta de Atención Primaria: pruebas capaces de detectar cambios biológicos asociados a la enfermedad varios años antes de los síntomas. El avance suena a revolución, pero también abre un debate urgente sobre a quién se debe hacer, con qué garantías y qué ocurre cuando el resultado es “positivo” sin que exista aún una cura definitiva.En los últimos meses, varios grupos de investigación y hospitales europeos han presentado resultados en los que la medición en sangre de proteínas vinculadas a la neurodegeneración —especialmente p-tau (tau fosforilada) y la relación con marcadores como beta-amiloide— logra una precisión alta para identificar personas con cambios compatibles con alzhéimer. Estas señales, hasta hace poco, se confirmaban sobre todo con punción lumbar (líquido cefalorraquídeo) o con PET (tomografía por emisión de positrones), técnicas más invasivas o costosas y con acceso desigual según la comunidad autónoma.La clave es que el alzhéimer no comienza cuando alguien se pierde en un barrio conocido, sino mucho antes. Se estima que los depósitos de amiloide y otras alteraciones pueden acumularse durante 10 a 20 años antes de que el deterioro cognitivo sea evidente. Por eso, una herramienta barata y escalable como un análisis de sangre podría cambiar el enfoque: pasar de “confirmar” un diagnóstico cuando el daño está avanzado a estratificar el riesgo y actuar temprano, con seguimiento, cambios de estilo de vida y, cuando esté indicado, terapias modificadoras de la enfermedad.En España, el interés es creciente. Unidades de memoria de hospitales públicos y privados están empezando a incorporar estos biomarcadores en circuitos de investigación y en casos seleccionados de práctica clínica. Sin embargo, la adopción generalizada todavía requiere pasos claros: validación en población real (no solo en cohortes altamente seleccionadas), estándares de laboratorio, puntos de corte, y formación de profesionales para comunicar resultados complejos sin alarmismo.“Estamos ante una herramienta muy prometedora, pero no es un test de ‘sí o no’ para toda la población”, explica la neuróloga Dra. Laura Jiménez, especialista en trastornos cognitivos en un hospital universitario de Madrid. “Su mayor utilidad hoy es en personas con quejas de memoria o deterioro leve, para orientar el diagnóstico y decidir quién se beneficia de pruebas confirmatorias o de un seguimiento más estrecho”.La cuestión ética es central. Un resultado compatible con patología de alzhéimer en sangre no equivale a un destino inevitable, especialmente si la persona está asintomática. Además, el impacto psicológico puede ser considerable. “Necesitamos protocolos de consejo pre y post prueba, como ocurre en genética: explicar qué significa, qué no significa y qué opciones reales hay”, señala el psicólogo clínico Álvaro Sánchez, que trabaja con familias en procesos de diagnóstico de demencia. “Para algunas personas, saberlo puede ayudar a planificar y reducir incertidumbre; para otras, puede ser una carga si no hay un plan de acción”.¿Qué beneficios prácticos podría aportar a corto plazo? Primero, acelerar el diagnóstico en consultas saturadas, reduciendo el peregrinaje por pruebas. Segundo, mejorar la selección de pacientes para ensayos clínicos y para terapias emergentes. Y tercero, abrir la puerta a una prevención más personalizada: control estricto de hipertensión, diabetes, colesterol, mejora del sueño, tratamiento de la depresión, ejercicio y dieta, factores que se asocian con menor riesgo o progresión más lenta en distintos estudios epidemiológicos.Pero también hay límites que conviene subrayar. Los biomarcadores no sustituyen la evaluación clínica: historia, exploración neurológica y pruebas neuropsicológicas siguen siendo el núcleo del diagnóstico. Además, la precisión de un test depende del contexto: en población general de bajo riesgo, incluso una prueba muy buena puede generar falsos positivos. Por eso, los expertos insisten en que la implementación debe ser gradual y basada en indicaciones claras.Desde el punto de vista del sistema sanitario, la pregunta es cuándo llegará a la sanidad pública como herramienta rutinaria. Fuentes del ámbito hospitalario apuntan a que el despliegue podría empezar por unidades de memoria y neurología, con derivación desde Atención Primaria, antes de considerar un uso más amplio. La evaluación de coste-efectividad será determinante: un análisis de sangre puede abaratar el proceso diagnóstico, pero también puede aumentar la demanda de confirmaciones (PET o punción lumbar) si se usa sin filtros.En paralelo, la investigación continúa afinando paneles combinados que integran biomarcadores de alzhéimer con otros de neurodegeneración y daño axonal (como neurofilamento ligero), buscando no solo detectar, sino predecir velocidad de progresión y respuesta a tratamientos. Si estas herramientas se consolidan, la medicina de precisión en neurología podría dar un salto similar al que ya se ha visto en oncología, aunque con un reto añadido: el cerebro y sus enfermedades siguen siendo uno de los territorios más complejos de la biomedicina.Por ahora, el mensaje útil para la población es prudente: no se trata de correr a hacerse un test por cuenta propia, sino de consultar si hay síntomas o antecedentes y exigir un abordaje integral. El futuro apunta a diagnósticos más tempranos y menos invasivos, pero la verdadera innovación será que cada resultado venga acompañado de un plan clínico y de bienestar realista, con seguimiento, apoyo emocional y decisiones compartidas.
La nueva generación de análisis de sangre promete detectar el riesgo cardiometabólico años antes: qué mide y a quién le conviene
Un pinchazo en el brazo y, en pocos días, un mapa más fino del riesgo de infarto, diabetes tipo 2 o hígado graso que el que ofrecen las analíticas tradicionales. Esa es la promesa de la nueva hornada de pruebas sanguíneas avanzadas —más completas y cada vez más accesibles— que están entrando en consultas de medicina preventiva y unidades de cardiología en España. La novedad no es solo “más parámetros”, sino biomarcadores que captan inflamación crónica de bajo grado, resistencia a la insulina y carga aterogénica antes de que aparezcan síntomas.En los últimos meses, varias sociedades científicas europeas han insistido en que el riesgo cardiometabólico se gesta durante años y que la prevención debe empezar antes, especialmente en personas con sobrepeso, antecedentes familiares o sedentarismo. En ese contexto, algunos hospitales y clínicas están incorporando perfiles que combinan lípidos “clásicos” con marcadores emergentes como ApoB, Lp(a), hs-CRP, HbA1c, insulina en ayunas, HOMA-IR y, en determinados casos, índices de hígado graso basados en enzimas hepáticas y triglicéridos.¿Qué aportan frente a un “colesterol total” y poco más? Para empezar, afinan el riesgo real. La apolipoproteína B (ApoB) estima el número de partículas aterogénicas (las que pueden penetrar en la pared arterial), mientras que la lipoproteína(a) [Lp(a)] es un factor fuertemente influido por la genética y asociado a enfermedad cardiovascular prematura. “Dos personas con LDL parecido pueden tener un riesgo muy distinto si una tiene ApoB alta o Lp(a) elevada. Ahí es donde estas pruebas cambian la conversación”, explica la cardióloga Marta Roldán, especializada en prevención cardiovascular.Otro eje es la inflamación. La proteína C reactiva ultrasensible (hs-CRP) no diagnostica por sí sola, pero ayuda a identificar inflamación sistémica persistente, vinculada a aterosclerosis y a peor pronóstico metabólico. Y en el terreno de la glucosa, la HbA1c capta la media de glucemia de los últimos meses; sumarla a insulina basal y cálculos como HOMA-IR puede señalar resistencia a la insulina cuando la glucosa en ayunas aún “sale normal”. “Vemos a menudo perfiles en los que el azúcar está en rango, pero la insulina está disparada: es el preludio de problemas”, apunta el endocrinólogo Javier Leal.Los defensores de estos paneles subrayan que no se trata de medicalizar a personas sanas, sino de personalizar la prevención y priorizar cambios de estilo de vida con más precisión. Por ejemplo, una Lp(a) alta no se corrige con dieta, pero sí puede justificar un control más estrecho de otros factores (presión arterial, LDL, tabaquismo) y, en casos seleccionados, tratamientos hipolipemiantes más intensivos. En cambio, una resistencia a la insulina detectada temprano puede responder de forma notable a una estrategia combinada de fuerza, caminatas tras las comidas, sueño suficiente y ajuste de la calidad de hidratos.Ahora bien, el auge de estas analíticas también trae preguntas: ¿a quién conviene realmente? En general, los expertos coinciden en que son más útiles en personas con historia familiar de enfermedad cardiovascular precoz, hipertensión, obesidad abdominal, hígado graso, síndrome de ovario poliquístico, diabetes gestacional previa o resultados “fronterizos” en controles habituales. También pueden aclarar dudas cuando el riesgo calculado por tablas estándar no encaja con la realidad clínica (por ejemplo, alguien joven con varios factores subclínicos).El punto delicado es evitar el “más es mejor” sin criterio. La interpretación exige contexto: una hs-CRP puede subir por una infección reciente o por un entrenamiento muy intenso; y algunos marcadores varían según medicación, ciclo menstrual o incluso la hora del día. “La clave es que el paciente no compre un paquete de laboratorio y se autodiagnostique. Un biomarcador aislado no es una sentencia; es una pieza del puzle”, advierte Roldán. Leal coincide: “A veces el valor está en repetir la medición, ver tendencia y cruzarla con hábitos, composición corporal y presión arterial”.En España, el coste es otro factor. Un perfil básico ampliado puede rondar desde decenas hasta más de cien euros, y los paneles más completos se encarecen. Algunas pruebas están cubiertas por el sistema público cuando hay indicación clínica; otras se solicitan en el ámbito privado. En cualquier caso, los especialistas recomiendan priorizar lo que tiene más impacto: tensión arterial, perfil lipídico completo, glucosa/HbA1c y, si hay antecedentes o dudas, añadir ApoB y Lp(a) por su valor discriminativo.¿Qué puede hacer un ciudadano si se plantea estas pruebas? Primero, revisar antecedentes familiares (infartos o ictus en varones antes de 55 años o mujeres antes de 65), medir perímetro de cintura y presión arterial, y valorar con su médico un plan. Segundo, si se realiza la analítica, pedir una explicación clara de objetivos: qué se busca, qué umbrales importan y qué cambios se proponen. Y tercero, recordar que la tecnología no sustituye lo básico: actividad física regular (especialmente fuerza), alimentación rica en fibra y proteínas de calidad, sueño y gestión del estrés.El interés por la longevidad saludable está acelerando la adopción de herramientas más finas para detectar riesgo temprano. Bien usadas, estas analíticas pueden ser una brújula útil. Mal usadas, pueden convertirse en ruido, ansiedad y gasto. El reto para 2026, según coinciden los clínicos, será integrar estos biomarcadores en circuitos asistenciales con criterios claros y mensajes comprensibles, para que el dato se traduzca en salud y no solo en números.
La nueva proteína ‘sensor’ que podría detectar infartos horas antes: así funciona el avance que promete cambiar las urgencias cardiacas
Un análisis de sangre ultrarrápido podría anticipar un infarto antes de que el daño sea irreversible. Esa es la promesa detrás de una nueva generación de biomarcadores “sensores”, proteínas que se alteran en los primeros minutos de estrés cardíaco y que, combinadas con inteligencia artificial, podrían avisar con horas de margen a los equipos de urgencias. En un momento en el que la cardiopatía isquémica sigue siendo una de las principales causas de muerte en el mundo, el enfoque apunta a un objetivo claro: diagnosticar antes, tratar antes y salvar más miocardio. El punto de partida es una realidad clínica incómoda: hoy se depende en gran medida de la troponina, un marcador excelente para confirmar daño cardíaco, pero que puede tardar en elevarse lo suficiente como para detectarse en fases muy tempranas. Y en cardiología, el tiempo no es un eslogan: cada minuto sin flujo sanguíneo aumenta el riesgo de muerte y de insuficiencia cardiaca posterior. Investigadores de varios grupos académicos y hospitales universitarios están explorando proteínas que reflejan isquemia incipiente (falta de riego) incluso antes de que las células mueran. Entre las más discutidas en los últimos meses en congresos clínicos y publicaciones preprint destacan firmas relacionadas con inflamación vascular, estrés oxidativo y metabolismo energético del corazón. El objetivo: construir un “panel” que detecte el peligro cuando el electrocardiograma todavía es ambiguo y la troponina aún no se ha disparado. En este nuevo enfoque, el protagonista no es una única molécula milagrosa, sino un conjunto de señales biológicas combinadas en modelos estadísticos. En la práctica, el sistema funciona como un semáforo de riesgo: a partir de una pequeña muestra de sangre, un dispositivo de laboratorio o de punto de atención (POCT) cuantifica varios marcadores y un algoritmo devuelve una probabilidad de evento agudo. La ambición es que el resultado llegue en menos de 15–20 minutos, algo especialmente valioso en ambulancias, urgencias saturadas o centros sin acceso inmediato a cardiología intervencionista. “La troponina es fantástica para confirmar lesión, pero nuestro desafío es detectar el sufrimiento del corazón antes de la lesión”, explica a este medio la cardióloga clínica Marta Ríos (Hospital universitario europeo), que investiga herramientas de estratificación de riesgo. “Si podemos identificar a quienes están en fase de isquemia temprana, se abren ventanas terapéuticas más amplias: desde optimizar antiagregación y anticoagulación hasta decidir antes el traslado a hemodinámica”. La innovación no se limita al biomarcador. La otra pieza clave es la integración con datos que ya existen en urgencias: edad, antecedentes, síntomas, constantes vitales y patrones del ECG. En estudios piloto de varios centros, la combinación de paneles proteicos y modelos de aprendizaje automático está mostrando una mejora en la clasificación temprana frente a escalas clínicas tradicionales cuando el cuadro no es “de libro”. Esto es relevante porque un porcentaje significativo de infartos se presenta con síntomas atípicos: fatiga intensa, disnea, náuseas o dolor difuso, especialmente en mujeres y personas mayores. Ahora bien, los expertos advierten: no hay una “prueba definitiva” lista para sustituir los protocolos actuales. Los ensayos en vida real deben demostrar no solo precisión, sino también impacto clínico: menos tiempo hasta la angioplastia, menos ingresos innecesarios, menos eventos adversos y coste-efectividad. “La medicina de urgencias necesita herramientas robustas, no solo prometedoras. Hay que evaluar falsos positivos, sesgos por edad o comorbilidades y la estabilidad de las proteínas en muestras reales”, apunta el bioquímico clínico Alejandro Sanz, especializado en diagnóstico hospitalario. Si el desarrollo progresa, el cambio podría ser profundo: un circuito en el que el paciente con dolor torácico no espere horas para repetir analíticas, sino que reciba una estratificación inmediata. Esto también podría ayudar a liberar camas y recursos, un punto crítico en invierno, cuando aumentan las urgencias respiratorias y la presión asistencial. La noticia llega además en un contexto de prevención que suele olvidarse cuando hablamos de tecnología: el mejor infarto es el que no ocurre. Los cardiólogos insisten en que dejar de fumar, controlar la presión arterial, optimizar el colesterol LDL, dormir bien y mantener actividad física regular sigue siendo la base. Aun así, cuando el evento aparece, disponer de minutos extra puede marcar la diferencia entre volver a casa con una cicatriz mínima o vivir con una insuficiencia cardiaca crónica. El próximo paso será ver estos paneles “sensor” en estudios multicéntricos más grandes y en escenarios exigentes: ambulancias, hospitales comarcales y urgencias con alta rotación. Si superan esa prueba, podríamos estar ante una de las mejoras más concretas en longevidad saludable de la década: no solo vivir más, sino vivir con un corazón más fuerte después de un susto.
Una “e‑nariz” con IA promete detectar insuficiencia renal en minutos: el nuevo test de aliento que podría cambiar la prevención
Un soplido puede decir más que un análisis de sangre. Investigadores europeos han presentado un prototipo de “nariz electrónica” (e‑nariz) apoyada por inteligencia artificial capaz de identificar, en cuestión de minutos, patrones en el aliento asociados a enfermedad renal crónica (ERC). El objetivo: adelantar el diagnóstico y mejorar el seguimiento de millones de personas que conviven con una patología silenciosa y, a menudo, detectada demasiado tarde. La idea parte de un hecho conocido en nefrología: cuando los riñones pierden capacidad de filtrar, se acumulan compuestos volátiles que pueden liberarse por la respiración. Entre ellos, ciertos perfiles de compuestos orgánicos volátiles (VOCs) y derivados nitrogenados. La novedad no es que existan, sino la posibilidad de leer esa “huella química” con sensores portátiles y algoritmos, sin agujas, sin laboratorios y con un resultado rápido que pueda usarse en atención primaria. El dispositivo combina un array de sensores (materiales sensibles a VOCs en concentraciones muy bajas) con modelos de aprendizaje automático entrenados para distinguir señales complejas. En pruebas preliminares, el sistema habría logrado diferenciar a pacientes con ERC de controles sanos y, además, detectar cambios compatibles con empeoramiento clínico. Los datos se han compartido en un informe técnico y en presentaciones recientes en el circuito científico europeo, mientras los equipos preparan validaciones más amplias en hospitales. Por qué importa ahora. La ERC afecta a más de 850 millones de personas en el mundo, según estimaciones ampliamente citadas en salud pública, y su prevalencia crece de la mano de la diabetes tipo 2, la hipertensión y el envejecimiento. En muchos casos, los síntomas aparecen cuando el daño ya es significativo. De ahí que las guías insistan en el cribado de poblaciones de riesgo mediante creatinina, eGFR y albuminuria. El problema: no siempre se llega a tiempo ni con la frecuencia necesaria, especialmente fuera de grandes centros. “La promesa de un test de aliento es doble: accesibilidad y repetición”, explica la nefróloga Marta Ríos (Hospital Universitario, consultada para este medio), que no participa en el desarrollo. “Si un paciente pudiera controlarse con más frecuencia y de forma no invasiva, podríamos ajustar tratamientos y hábitos antes de que el deterioro sea irreversible. Pero la clave será demostrar precisión clínica y evitar falsos positivos”. En paralelo, agencias y organismos como la European Medicines Agency (EMA) y la U.S. Food and Drug Administration (FDA) llevan años afinando criterios para tecnologías médicas basadas en IA: no basta con un algoritmo que “acierte” en un conjunto pequeño; hace falta validación externa, diversidad de pacientes, trazabilidad, control de sesgos y evidencia de utilidad real en la práctica. ¿Cómo funcionaría en la vida real? El plan, según los investigadores, es integrar la e‑nariz en circuitos de cribado y seguimiento: centros de salud, farmacias con cabina de telemedicina o unidades móviles. El paciente soplaría durante unos segundos; el dispositivo analizaría el perfil de VOCs y generaría un indicador de riesgo. Ante un resultado sospechoso, se derivaría a pruebas estándar. En seguimiento, podría ayudar a identificar tendencias (mejora o empeoramiento) junto a datos de presión arterial, peso y glucosa. Los expertos insisten en que no sustituirá a la analítica: sería una herramienta de triage y monitorización, especialmente útil donde las extracciones son menos accesibles o donde se busca un control más frecuente sin sobrecargar laboratorios. También se investiga su utilidad para distinguir ERC de otras condiciones que pueden alterar el aliento, como infecciones respiratorias, cambios dietéticos o ciertos fármacos. La noticia llega en un momento de efervescencia para el diagnóstico no invasivo. En los últimos años han avanzado sensores de piel, parches de sudor, análisis de voz y pruebas basadas en lágrimas o saliva. Pero el aliento tiene una ventaja: es una muestra fácil, rápida y potencialmente rica en información metabólica. El desafío es que está influido por múltiples factores: hidratación, ayuno, alcohol, tabaco, microbiota oral y hasta el enjuague bucal. Por eso, los ensayos clínicos deberán estandarizar condiciones y demostrar que la señal renal se mantiene estable. Qué puedes hacer hoy si te preocupa tu salud renal. Los especialistas recuerdan que las herramientas más efectivas siguen siendo sencillas: controlar la presión arterial, mantener una glucemia en rango si hay diabetes, evitar el abuso de antiinflamatorios sin supervisión, revisar suplementos “detox” y priorizar una dieta con sal moderada y proteína ajustada a necesidades. Y, si perteneces a un grupo de riesgo (diabetes, hipertensión, obesidad, antecedentes familiares), pedir a tu médico un control con eGFR y albuminuria. La e‑nariz con IA aún está en la fase en la que la ciencia se convierte en producto: necesita estudios multicéntricos, aprobación regulatoria y demostrar impacto en salud. Pero si supera esas barreras, podría abrir una puerta potente: que el diagnóstico temprano de la insuficiencia renal deje de depender tanto del calendario de extracciones y empiece, literalmente, con una respiración.