Un análisis de sangre rutinario podría convertirse pronto en una “alerta temprana” mucho más precisa frente a infartos e ictus. Varios hospitales europeos están probando modelos de inteligencia artificial (IA) capaces de combinar datos clásicos (colesterol, glucosa, inflamación) con señales más recientes del metabolismo para estimar el riesgo cardiovascular con años de antelación. La idea seduce: anticiparse cuando aún hay margen para cambiar hábitos o ajustar tratamientos. Pero los expertos insisten en que, por ahora, la promesa debe leerse con cautela. La novedad no está solo en medir más cosas, sino en interpretarlas juntas. Además de los marcadores habituales, algunos paneles incorporan fracciones avanzadas de lipoproteínas, apolipoproteínas, indicadores de resistencia a la insulina y perfiles metabólicos derivados de espectrometría (metabolómica). Con esa “foto” ampliada, la IA busca patrones invisibles para los cálculos tradicionales y genera una puntuación de riesgo personalizada que puede actualizarse a medida que cambian el peso, la presión arterial o los hábitos. En España, varios servicios de cardiología y medicina interna siguen de cerca estos desarrollos, especialmente por el impacto potencial en prevención. La enfermedad cardiovascular continúa siendo una de las principales causas de muerte en nuestro país, y una parte significativa de los eventos ocurre en personas que no se perciben como de alto riesgo. “El reto es identificar a quien está en la zona gris: no tiene cifras alarmantes, pero su biología ya está yendo en una dirección peligrosa”, explica la cardióloga Marta Llorente (Hospital universitario de Madrid), que participa en un piloto centrado en pacientes con antecedentes familiares y síndrome metabólico. Los modelos que están ganando atención se entrenan con cientos de miles de analíticas y datos clínicos longitudinales (edad, sexo, tensión arterial, tabaquismo, medicación, antecedentes). Luego se validan en cohortes independientes para comprobar si predicen mejor que las escalas clásicas el riesgo de infarto, ictus o ingreso por insuficiencia cardiaca. Algunos resultados preliminares apuntan a mejoras en discriminación del riesgo, especialmente en adultos de mediana edad y en mujeres, un grupo en el que las herramientas tradicionales a veces infravaloran el peligro. La clave, según los investigadores, es que la IA no “adivina”: detecta combinaciones de señales pequeñas. Por ejemplo, un perfil de lipoproteínas aparentemente aceptable puede volverse preocupante si se acompaña de inflamación crónica de bajo grado y de ciertos patrones metabólicos asociados a hígado graso o a resistencia a la insulina. “No se trata de sustituir el criterio clínico, sino de ofrecer una capa adicional de información que ayude a decidir cuándo intensificar cambios de estilo de vida o iniciar fármacos preventivos”, señala el epidemiólogo Javier Mena, vinculado a un consorcio europeo de prevención cardiovascular. Ahora bien, la llegada de estas herramientas plantea preguntas incómodas. La primera: ¿qué pasa cuando el algoritmo etiqueta como “alto riesgo” a alguien que, en la práctica, no tendrá un evento? Los falsos positivos pueden traducirse en ansiedad, pruebas innecesarias o tratamientos adelantados. La segunda: ¿qué ocurre si infravalora el riesgo en determinados perfiles? La calidad del modelo depende de los datos con los que se entrenó y de cómo se comporta en poblaciones distintas (por edad, origen, comorbilidades o nivel socioeconómico). También está el debate sobre transparencia. Muchos sistemas son “cajas negras” difíciles de explicar en consulta. Para abordar esto, algunos proyectos incorporan técnicas de interpretabilidad que muestran qué variables han pesado más en la predicción (por ejemplo, triglicéridos, HbA1c, PCR ultrasensible o apolipoproteína B). Aun así, los clínicos recuerdan que una puntuación no es un diagnóstico. “El número debe abrir una conversación, no cerrarla”, apunta Llorente. “Si el resultado sale alto, lo siguiente es revisar hábitos, tensión, sueño, consumo de alcohol, estrés y, si procede, confirmar con otras pruebas”. En paralelo, los reguladores europeos han endurecido el marco para software médico basado en IA. El objetivo es exigir evidencia clínica, control de sesgos y vigilancia una vez implantado. En la práctica, esto significa que no basta con que el algoritmo funcione “en laboratorio”: debe demostrar utilidad real, mejorar decisiones y no aumentar daños. Además, el uso de datos sanitarios exige garantías de privacidad y gobernanza, un punto especialmente sensible cuando entran en juego proveedores privados de análisis. Para el ciudadano, la recomendación es evitar atajos. La proliferación de test directos al consumidor promete predicciones “de precisión” sin mediación médica. Los especialistas aconsejan que cualquier resultado se interprete en un contexto clínico y que no se tomen decisiones de medicación por cuenta propia. Lo que sí es sólido —y compatible con cualquier algoritmo— es el paquete de prevención conocido: no fumar, moverse a diario, priorizar dieta mediterránea, dormir bien, controlar tensión y peso, y revisar periódicamente glucosa y lípidos según edad y antecedentes. Si los ensayos en marcha confirman beneficios, la IA aplicada a analíticas podría convertirse en una herramienta de salud pública: detectar antes a quienes necesitan apoyo intensivo y personalizar objetivos (por ejemplo, bajar apolipoproteína B más allá del LDL en determinados perfiles). Hasta entonces, el mensaje es doble: la tecnología avanza rápido, pero el corazón sigue respondiendo a lo básico. La prevención del futuro puede ser más inteligente; la de hoy, sigue siendo imprescindible.
Una nueva prueba de saliva promete detectar riesgo de apnea del sueño en casa y acelerar el diagnóstico
Ronquidos, cansancio persistente y la sensación de no haber descansado pese a dormir “ocho horas” son señales que millones de personas normalizan. Pero detrás puede estar la apnea obstructiva del sueño, un trastorno infradiagnosticado que eleva el riesgo cardiovascular y afecta al rendimiento cognitivo. En los últimos días, varios hospitales españoles han comenzado a evaluar una prueba de saliva domiciliaria que, combinada con un cuestionario clínico, pretende identificar a pacientes con alto riesgo y priorizar su acceso a la prueba confirmatoria.La iniciativa, impulsada por equipos de neumología y medicina del sueño en colaboración con laboratorios universitarios, se apoya en un hallazgo que gana peso en la literatura científica: ciertos biomarcadores inflamatorios y de estrés oxidativo presentes en saliva podrían correlacionarse con la gravedad de la apnea. El objetivo no es sustituir a la polisomnografía —la prueba de referencia—, sino reducir el “cuello de botella” de las listas de espera y mejorar el cribado en atención primaria.La apnea obstructiva del sueño se produce cuando la vía aérea superior se colapsa repetidamente durante el sueño, causando microdespertares y caídas de oxígeno. Se asocia a hipertensión, arritmias, ictus, diabetes tipo 2 y somnolencia diurna, con impacto en la seguridad vial y laboral. En España, especialistas estiman que una parte significativa de los casos sigue sin diagnosticar por la combinación de síntomas inespecíficos, baja percepción de riesgo y acceso limitado a pruebas nocturnas.La novedad de este enfoque es su sencillez: el paciente recibe un kit, toma una muestra de saliva por la mañana y la envía al laboratorio. Un algoritmo integra el resultado con variables como edad, perímetro cervical, índice de masa corporal, ronquido habitual y pausas respiratorias observadas. “No hablamos de una prueba definitiva, sino de un semáforo clínico que ayuda a decidir quién debe pasar antes por una poligrafía respiratoria o una polisomnografía”, explica la neumóloga Dra. Marta Llorens, responsable de una unidad de sueño en un hospital público de la Comunidad Valenciana.Según datos presentados en un reciente encuentro clínico nacional, los primeros análisis apuntan a que el panel salival, usado como herramienta de cribado, podría mejorar la detección de casos moderados y graves frente al cuestionario aislado, especialmente en personas que no se consideran “candidatas típicas”. Esto es relevante porque la apnea no afecta solo a varones con obesidad: también aparece en mujeres posmenopáusicas, en personas con retrognatia o congestión nasal crónica, y en pacientes con peso normal.Los investigadores analizan marcadores como proteínas relacionadas con inflamación sistémica, fragmentos de estrés oxidativo y señales indirectas de hipoxia intermitente. La hipótesis es que la repetición de bajadas de oxígeno y microdespertares deja una “firma” biológica medible. “La saliva es una matriz muy interesante: es no invasiva, barata y permite muestreos repetidos. El reto es separar el ruido biológico —tabaco, infecciones, periodontitis— de la señal real asociada a la apnea”, señala el bioquímico Dr. Ignacio Mena, colaborador en el desarrollo del panel.El contexto juega a favor de este tipo de soluciones. En los últimos años, la medicina del sueño ha acelerado su transición hacia modelos mixtos: parte de la evaluación se hace a distancia, con dispositivos portátiles y seguimiento telemático. Aun así, el diagnóstico confirmado sigue dependiendo de pruebas nocturnas que requieren recursos y personal especializado. En ese escenario, un cribado más fino podría reducir derivaciones innecesarias y, sobre todo, priorizar a quienes tienen más riesgo de complicaciones.Los expertos insisten en que la innovación debe ir acompañada de prudencia. La apnea es un trastorno heterogéneo y no existe un biomarcador único universal. Además, una prueba de saliva puede verse influida por medicación, higiene oral, consumo de alcohol o la presencia de inflamación gingival. Por eso, los protocolos incluyen instrucciones estrictas (ayuno previo, no fumar, no cepillarse justo antes) y criterios de exclusión temporales si hay infección respiratoria aguda.Si el cribado sugiere alto riesgo, el siguiente paso continúa siendo el estándar: poligrafía respiratoria domiciliaria o polisomnografía en laboratorio, según el caso. Y si se confirma apnea moderada o grave, el tratamiento más habitual es la CPAP (presión positiva continua), junto con medidas de estilo de vida. La pérdida de peso en quienes la necesitan, reducir alcohol por la noche, tratar la congestión nasal, revisar fármacos sedantes y mejorar la higiene del sueño pueden marcar diferencias. En ciertos perfiles se valoran dispositivos de avance mandibular o cirugía.Para los pacientes, la promesa es clara: menos tiempo entre la sospecha y la confirmación. Para el sistema, una posible optimización del circuito asistencial. “Lo importante es no trivializar los síntomas. Si hay somnolencia diurna, ronquido intenso y pausas respiratorias, hay que consultarlo; la apnea tratada reduce riesgos y mejora calidad de vida”, subraya la Dra. Llorens.Las unidades que participan en la evaluación esperan resultados más sólidos a lo largo de 2026, con validación en diferentes regiones y perfiles de pacientes. Mientras tanto, el mensaje de salud pública permanece: dormir mal no es un detalle menor. Y si una prueba sencilla ayuda a poner antes nombre a un problema silencioso, su impacto podría ir mucho más allá de una noche de descanso.
Crean un Material Imprescindible para la Medicina Moderna: Polímero Bioactivo
Un equipo de investigadores del Instituto de Innovación Biomédica de Massachusetts, ha desarrollado un material revolucionario denominado Biopolimerter, que promete cambiar la práctica de la medicina moderna. Este polímero bioactivo podría transformar desde la cirugía hasta la liberación controlada de fármacos. El nuevo material, presentado en la prestigiosa revista Nature Medicine, se caracteriza por su capacidad para integrarse con los tejidos vivos, eliminando la mayor parte de las complicaciones derivadas de los implantes tradicionales. El Dr. James Huxley, líder del proyecto, destacó que «Biopolimerter es capaz de estimular la regeneración celular y de reducir significativamente el tiempo de recuperación de los pacientes». La creación del Biopolimerter viene tras una década de investigación, combinando nanotecnología y biocompatibilidad para superar las limitaciones de los polímeros anteriores. «La belleza de este material radica en su versatilidad», añadió la Dra. Lisa Gomez, especialista en biotecnología, mencionando que puede adaptarse para múltiples aplicaciones médicas, desde implantes ortopédicos hasta matrices para regenerar tejidos. Uno de los aspectos más innovadores de este polímero es su capacidad para actuar como un portador de terapias génicas. Según el artículo, los primeros ensayos clínicos, llevados a cabo en colaboración con el Centro de Investigaciones Médicas de Europa, demostraron que este material puede liberar componentes terapéuticos de manera controlada, minimizando los efectos secundarios. Los expertos anticipan que Biopolimerter podría sustituir el uso de materiales sintéticos menos eficaces y más costosos en el transcurso de los próximos cinco años, dependiendo de los procesos de aprobación regulatoria. En este sentido, el reto inmediato es optimizar la producción del polímero a escala comercial sin comprometer su calidad y propiedades intrínsecas. Dr. Huxley subrayó que «la clave para maximizar el potencial de Biopolimerter es asegurarnos de que las normativas de seguridad y eficacia se cumplan rigurosamente, asegurando su accesibilidad mundial sin comprometer su integridad». A medida que la comunidad médica presta más atención a los beneficios potenciales de esta tecnología, el debate ahora se centra no solo en la adopción clínica, sino también en su dimensión ética y económica. Con cada avance, se espera que el Biopolimerter marque una nueva era para la medicina regenerativa y personalizada, ofreciendo soluciones innovadoras a condiciones que antes se consideraban intratables. Aunque aún queda camino por recorrer, la presentación y aceptación del Biopolimerter sugiere un futuro brillante para la medicina del mañana, uno en el que la tecnología de materiales y la biología se unan para prolongar la vida y mejorar su calidad.
La nueva ola de “vacunas” contra el colesterol: qué cambia con los fármacos que apagan el PCSK9 y quién podría beneficiarse en España
Una inyección cada pocos meses para mantener el colesterol LDL a raya suena a ciencia ficción, pero en consultas de cardiología ya se habla de ello como una opción real para pacientes seleccionados. La clave no es una vacuna clásica contra un virus, sino una estrategia de silenciamiento génico que reduce de forma sostenida una diana muy concreta: la proteína PCSK9, implicada en la eliminación del colesterol “malo” de la sangre.En los últimos meses, la conversación ha vuelto a cobrar fuerza por la expansión de programas hospitalarios y por la publicación continuada de datos de seguimiento que consolidan su perfil: descensos del LDL de alrededor del 50% con pautas muy espaciadas, lo que puede mejorar la adherencia en personas con alto riesgo cardiovascular. “No sustituye al estilo de vida ni desplaza a las estatinas, pero abre una vía para quienes no llegan a objetivos o no toleran determinadas dosis”, resume la cardióloga clínica Marta Requena (Hospital público en Madrid), en declaraciones a este medio.¿Qué hay detrás de esta “vacuna del colesterol”? El término se ha popularizado para referirse a terapias de administración intermitente que actúan durante meses, pero el mecanismo es distinto al de una inmunización. En el caso de los inhibidores de PCSK9, existen dos grandes familias: los anticuerpos monoclonales, que se inyectan cada 2–4 semanas, y el ARN interferente (siRNA), que reduce la producción hepática de PCSK9 y permite pautas más separadas (habitualmente cada 6 meses tras dosis iniciales). Ambas persiguen el mismo objetivo: que el hígado recicle más receptores LDL y retire más colesterol de la sangre.El interés clínico se entiende al mirar los números. En España, las enfermedades cardiovasculares siguen entre las principales causas de mortalidad, y el LDL es un factor causal bien establecido. Las guías europeas de cardiología y aterosclerosis enfatizan objetivos cada vez más estrictos en prevención secundaria (personas que ya han sufrido infarto, ictus o tienen enfermedad arterial periférica). Para una parte de estos pacientes, incluso con estatinas potentes y ezetimiba, alcanzar metas puede ser difícil. En ese contexto, las terapias dirigidas a PCSK9 se consideran un escalón adicional con evidencia sólida de reducción de eventos cardiovasculares en poblaciones de alto riesgo.La novedad práctica no es solo el “cuánto” baja el LDL, sino el “cómo” se sostiene. La adherencia a tratamientos diarios es un reto conocido: olvidos, efectos secundarios, interacciones y fatiga terapéutica. Una pauta semestral, supervisada en el sistema sanitario, puede ayudar a mantener el control lipídico sin depender de la rutina diaria. “Cuando el paciente tiene múltiples fármacos y comorbilidades, simplificar pautas puede marcar diferencias reales”, explica el farmacéutico hospitalario Javier Llorente (Cataluña). “Aun así, la selección es clave: hablamos de tratamientos de alto impacto clínico, pero también de alto coste que deben priorizarse donde más beneficio aportan”.¿Quién podría beneficiarse? De forma general, los perfiles más citados son: pacientes en prevención secundaria que no alcanzan objetivos pese a terapia máxima tolerada; personas con hipercolesterolemia familiar (especialmente si hay antecedentes de enfermedad precoz); y casos con intolerancia documentada a estatinas o efectos adversos que impiden dosis eficaces. La decisión se individualiza y suele pasar por unidades de lípidos o cardiología, con criterios de financiación que pueden variar entre comunidades autónomas y hospitales.En seguridad, los datos acumulados describen un perfil favorable, con reacciones en el lugar de inyección y efectos generalmente leves en la mayoría de pacientes. Aun así, los expertos recuerdan que ninguna intervención es “mágica”: el LDL es un marcador central, pero el riesgo cardiovascular depende también de presión arterial, diabetes, tabaquismo, peso, sueño y actividad física. En paralelo, la dieta sigue siendo un pilar. Reducir ultraprocesados, mejorar la calidad de grasas (más aceite de oliva virgen extra, frutos secos y pescado azul) y aumentar fibra (legumbres, verduras, cereales integrales) sigue siendo una recomendación transversal.El debate social alrededor de estas terapias también toca un punto sensible: la percepción de que una inyección puede “compensar” hábitos poco saludables. Los especialistas insisten en lo contrario. “Una terapia potente permite reducir riesgo residual, pero no borra el daño del tabaco o el sedentarismo. Es un complemento, no un permiso”, subraya Requena. En ese sentido, algunos programas de prevención están integrando la prescripción farmacológica con intervenciones estructuradas en nutrición, ejercicio y apoyo para dejar de fumar.Mirando a 2026, el foco estará en dos cuestiones: el acceso equitativo y la evaluación coste-efectividad en vida real. La evidencia clínica es robusta, pero el sistema necesita asegurar que los pacientes que más lo necesitan lleguen a estas opciones sin demoras, y que el seguimiento incluya resultados duros (infartos, ictus, ingresos) además de cifras de LDL. La “vacuna del colesterol” no es un eslogan vacío, pero tampoco una solución universal: es una herramienta más, cada vez más sofisticada, en la lucha contra una de las amenazas silenciosas más persistentes de la salud pública.