Un gesto tan simple como pulverizar una dosis en la nariz podría cambiar la forma en que prevenimos la gripe en los próximos inviernos. En plena temporada de infecciones respiratorias, varios equipos europeos han comunicado resultados prometedores con vacunas intranasales de nueva generación, diseñadas para reforzar la inmunidad en la puerta de entrada del virus: las mucosas. La idea no es solo evitar cuadros graves, sino también reducir la transmisión, un objetivo que las vacunas inyectables logran de forma desigual. La gripe sigue siendo mucho más que “un resfriado fuerte”. En España, el sistema de vigilancia de infecciones respiratorias agudas estima que cada temporada se producen miles de hospitalizaciones atribuibles al virus, con especial impacto en mayores, embarazadas y personas con patologías crónicas. Aun así, la cobertura vacunal en adultos de riesgo y profesionales sanitarios continúa siendo mejorable, y la percepción de “enfermedad asumible” pesa en la decisión de vacunarse. En este contexto, la investigación en vacunas intranasales busca dos ventajas: facilitar la administración (sin aguja) y potenciar la llamada inmunidad mucosal, basada en anticuerpos tipo IgA y respuestas celulares locales. “La nariz y la garganta son el primer campo de batalla: si bloqueas ahí al virus, recortas su capacidad de replicarse y de pasar a otros”, explica la inmunóloga Marta Ríos, investigadora en vacunas respiratorias en un centro académico español, en declaraciones a este medio. Los avances que se están conociendo en 2025 apuntan a plataformas que combinan antígenos de gripe con adyuvantes específicos para mucosa o con vectores no replicativos, con el objetivo de generar una respuesta más amplia frente a variantes estacionales. En ensayos de fase 2 comunicados en congresos europeos de enfermedades infecciosas, algunas candidatas han mostrado incrementos sostenidos de IgA nasal y perfiles de seguridad comparables a los de formulaciones intramusculares, con efectos adversos mayoritariamente leves (congestión, estornudos, irritación local). La gran pregunta es si esa respuesta local se traduce en menos contagios. Medirlo no es sencillo: requiere seguimientos comunitarios, pruebas diagnósticas seriadas y modelos epidemiológicos. Aun así, algunos protocolos ya incorporan variables como carga viral en muestras nasales y duración de la eliminación del virus. “El objetivo no es reemplazar lo que ya funciona, sino añadir una capa de protección que impacte en la cadena de transmisión, especialmente en entornos donde la gripe se propaga rápido”, señala Ríos. Desde el punto de vista regulatorio, el camino pasa por demostrar eficacia clínica frente a gripe confirmada y, en paralelo, aportar evidencia inmunológica sólida. Fuentes del ámbito de la salud pública consultadas recuerdan que la efectividad de la vacuna de la gripe varía cada año por el ajuste entre cepas circulantes y cepas incluidas, además de por la edad y el estado inmunitario. Por eso, la innovación se centra tanto en nuevas vías de administración como en antígenos más conservados y en estrategias que amplíen la protección. ¿Qué implicaría una vacuna intranasal si llega a consulta? Para el ciudadano, podría traducirse en una experiencia más rápida y aceptable, especialmente para quienes evitan las agujas. Para el sistema sanitario, abriría la puerta a campañas más ágiles en determinados colectivos, aunque no necesariamente más baratas: estas tecnologías pueden requerir cadena de frío y dispositivos de administración específicos. Además, no todas las personas serían candidatas: en vacunas vivas atenuadas (cuando se usan), existen contraindicaciones en inmunodeprimidos; las nuevas plataformas buscan sortear estas limitaciones, pero cada ficha técnica marcará el terreno. La clave, insisten los expertos, es no confundir “novedad” con “sustitución inmediata”. Incluso si una intranasal demuestra eficacia, convivirá con las opciones actuales durante años. “La prevención de la gripe es un paquete: vacunación, ventilación, higiene de manos, quedarse en casa si hay fiebre y, en personas vulnerables, consultar pronto para valorar antivirales”, resume el médico de familia Javier Llorente, que trabaja en un centro de salud urbano. “Si una vacuna intranasal mejora la aceptación y corta contagios, sería una herramienta muy bienvenida, pero no eliminará la necesidad de medidas básicas”, añade. Mientras llegan decisiones regulatorias, el mensaje práctico para este invierno sigue siendo el mismo: vacunarse si se está en un grupo recomendado y hacerlo cuanto antes, porque la respuesta inmunitaria tarda alrededor de dos semanas en consolidarse. También conviene recordar que la vacuna no “provoca gripe”: puede causar malestar transitorio, pero el virus de la gripe es otra historia, y sus complicaciones —neumonía, descompensación de enfermedades crónicas, ingresos— son reales. En 2026 podríamos ver los primeros pasos hacia autorizaciones europeas si los ensayos en marcha confirman lo que prometen los datos preliminares. Si eso ocurre, la prevención de la gripe podría entrar en una nueva etapa: una en la que protegerse no solo signifique evitar lo peor, sino también ayudar a que el virus circule menos. Y ese matiz, en salud pública, puede marcar la diferencia.