Una extracción de sangre y, en pocos días, un informe que promete responder a una pregunta que obsesiona a medio mundo: ¿estoy envejeciendo “mejor” o “peor” de lo que marca mi DNI? En las últimas semanas, varias clínicas privadas y laboratorios en España han empezado a ofrecer —o a ampliar— paneles de “edad biológica” basados en marcadores sanguíneos y modelos de inteligencia artificial. El auge coincide con el tirón de la medicina preventiva y con un consumidor cada vez más dispuesto a pagar por métricas que traduzcan hábitos en números. Estos tests no son completamente nuevos, pero sí lo es su aterrizaje comercial en formato “pack” y la forma en que se presentan: combinan analítica estándar (lípidos, glucosa, inflamación), biomarcadores más específicos (como proteínas asociadas a envejecimiento) y algoritmos que comparan el perfil del paciente con bases de datos poblacionales. El resultado suele expresarse como una edad biológica estimada y, en algunos casos, un “ritmo de envejecimiento” o un índice de riesgo para eventos cardiometabólicos. Según fuentes del sector, la demanda se ha acelerado tras el último trimestre de 2025, impulsada por la popularidad de programas de bienestar corporativo, entrenadores de longevidad y clínicas de chequeo avanzado. “Hay un interés real en cuantificar cambios: sueño, fuerza, pérdida de grasa visceral o control del azúcar. El problema es que el número puede dar una falsa sensación de precisión”, advierte la doctora Elena Paredes, internista y responsable de una unidad de prevención en Madrid. “Si se usa como herramienta de seguimiento, puede ser útil; si se interpreta como diagnóstico, es una mala idea”. ¿Qué hay detrás de estas cifras? A grandes rasgos, existen tres familias de aproximaciones. La primera se basa en biomarcadores clínicos clásicos (presión arterial, colesterol, HbA1c, enzimas hepáticas, función renal) y calcula una edad “fenotípica” asociada a mortalidad y enfermedad en grandes cohortes. La segunda incorpora proteómica (patrones de proteínas en sangre) para estimar el estado biológico de tejidos y sistemas. Y la tercera —más conocida en investigación— utiliza señales epigenéticas (metilación del ADN), aunque en España suele ofrecerse a través de servicios específicos y no siempre dentro de un chequeo médico convencional. La evidencia científica es matizada. En investigación, algunos modelos han mostrado asociación con riesgo cardiovascular, fragilidad y mortalidad, especialmente cuando se analizan en grandes grupos y a lo largo del tiempo. Sin embargo, trasladar esa asociación a una recomendación individual es más complejo. “Un test puede decirte que estás ‘dos años por encima’, pero la variabilidad biológica, el estado inflamatorio puntual o incluso una mala noche de sueño pueden mover marcadores”, explica el bioestadístico Javier Montes, consultor en salud digital. “La pregunta clave no es solo ‘qué edad sale’, sino qué intervenciones cambian ese marcador y si ese cambio se traduce en menos enfermedad real”. En España, el marco regulatorio también condiciona el uso. Si el test se ofrece como prestación sanitaria, debe integrarse en un circuito asistencial, con información clara y protección de datos. Además, los expertos recomiendan evitar mensajes de marketing que sugieran que un resultado “rejuvenece” por sí mismo. Desde sociedades médicas de prevención y cardiología se insiste en que la utilidad clínica debe centrarse en identificar riesgos modificables: hipertensión no diagnosticada, resistencia a la insulina, hígado graso, perfil lipídico aterogénico o inflamación persistente. El precio es otro factor. En el mercado español, estos paneles pueden oscilar desde poco más de 100 euros (cuando se basan en analítica estándar con cálculo algorítmico) hasta varios cientos si incluyen proteómica avanzada y seguimiento. Algunas clínicas los empaquetan con consultas de nutrición, entrenamiento de fuerza y monitorización del sueño. Aquí surge un riesgo: que el usuario reciba un número sin contexto y se lance a suplementos, ayunos extremos o rutinas de ejercicio no adaptadas. “Vemos pacientes que llegan asustados por un resultado y han cambiado todo de golpe. El enfoque correcto es priorizar lo básico: fuerza, dieta, sueño, tabaco, alcohol y control de tensión”, señala Paredes. Los especialistas coinciden en que, si se decide hacer uno, conviene exigir transparencia: qué biomarcadores se usan, qué población de referencia alimenta el algoritmo, cuál es el margen de error y si hay validación independiente. También recomiendan repetirlo en condiciones comparables (misma hora, ayuno similar, sin infección reciente) y no convertirlo en una “nota” mensual. En muchos casos, un seguimiento cada 6–12 meses resulta más razonable, siempre ligado a objetivos medibles: mejorar el VO2 estimado, ganar masa muscular, reducir cintura, normalizar triglicéridos o estabilizar la glucosa. El cierre de 2025 y el arranque de 2026 apuntan a que la “edad biológica” seguirá ganando espacio en la conversación pública. La oportunidad es clara: acercar la prevención al día a día y motivar cambios sostenibles. El límite también: confundir un indicador estadístico con una verdad absoluta. En palabras de Montes, “la mejor lectura de estos tests no es ‘soy joven o viejo’, sino qué señales de mi cuerpo están pidiendo atención y cómo puedo actuar con evidencia”.