Durante años, la pérdida de peso se ha medido casi exclusivamente en kilos. Pero el auge de los fármacos basados en GLP‑1 —como semaglutida (Wegovy/Ozempic) y tirzepatida— está moviendo el foco hacia otra pregunta más incómoda y relevante: ¿qué tipo de peso se pierde y qué implica para el corazón, el músculo y la salud a largo plazo? En 2026, con más pacientes en tratamiento y más resultados en vida real, el debate se está refinando: los beneficios cardiometabólicos son claros para muchas personas, pero no todo es “adelgazar y ya”. La evidencia más influyente que ha cambiado la conversación en el último tiempo es el ensayo SELECT, publicado en 2023 en The New England Journal of Medicine. En él, la semaglutida 2,4 mg redujo el riesgo de eventos cardiovasculares mayores (infarto, ictus o muerte cardiovascular) en personas con obesidad o sobrepeso y enfermedad cardiovascular previa, pero sin diabetes. El resultado fue un punto de inflexión: por primera vez, un fármaco antiobesidad mostraba un beneficio cardiovascular “duro” en un grupo amplio y de alto riesgo. “El mensaje principal es que tratamos una enfermedad crónica con impacto sistémico, no un número en la báscula”, resume la endocrinóloga María Jesús Barahona, del Hospital Universitario Ramón y Cajal (Madrid). “Aun así, necesitamos acompañar el tratamiento con hábitos y, sobre todo, con estrategias para preservar masa muscular”. Ahí entra el matiz que empieza a ganar titulares: la pérdida de peso con GLP‑1 puede incluir una fracción de masa magra (músculo y otros tejidos). Esto no es exclusivo de estos fármacos: cualquier adelgazamiento rápido, especialmente con déficit calórico y poca actividad de fuerza, suele conllevar pérdida de masa magra. Sin embargo, el volumen de uso actual hace que el fenómeno sea más visible y clínicamente relevante, sobre todo en personas mayores o con fragilidad. En ensayos con semaglutida y, más recientemente, con tirzepatida, los análisis de composición corporal han mostrado que una parte del peso perdido puede corresponder a masa magra. La interpretación no es simple: en obesidad, parte de la “masa magra” incluye agua y tejido no estrictamente funcional, y mejorar la salud cardiometabólica puede ir de la mano de una mejor capacidad física. Aun así, los especialistas coinciden en que el riesgo de sarcopenia o empeoramiento de la fuerza es una preocupación real si no se acompaña bien el tratamiento. “La clave no es demonizar el fármaco, sino entender que adelgazamiento y composición corporal no son lo mismo”, señala el médico especialista en medicina del deporte Javier Butragueño. “Con una pauta de entrenamiento de fuerza y una ingesta proteica adecuada, la mayoría de pacientes puede minimizar la pérdida de músculo y mejorar funcionalidad”. ¿Qué recomiendan hoy las guías? En España, el abordaje de la obesidad se alinea con estrategias multimodales: nutrición, actividad física, apoyo conductual y, cuando procede, farmacoterapia o cirugía. Sociedades científicas como la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN) insisten en individualizar objetivos y vigilar efectos adversos, especialmente gastrointestinales. A nivel internacional, la European Association for the Study of Obesity (EASO) y la American Diabetes Association (ADA) han ido incorporando en sus actualizaciones la idea de que la obesidad es una enfermedad crónica y que el tratamiento sostenido puede ser necesario, con seguimiento clínico. En paralelo, el mundo real aporta otra capa: la adherencia. Muchos pacientes interrumpen el tratamiento por coste, efectos secundarios o expectativas poco realistas. Y cuando se suspende, el peso puede recuperarse. Esto no significa “fracaso”, sino que recuerda un hecho incómodo: la biología defiende el peso corporal y, en obesidad, el set point puede estar alterado. Por eso, cada vez se habla más de objetivos de salud (tensión arterial, apnea del sueño, movilidad, hígado graso) y menos de un número concreto. Para quienes se plantean iniciar un GLP‑1, los expertos recomiendan una evaluación médica completa: historial cardiovascular, función renal, medicación concomitante y cribado de contraindicaciones. También conviene planificar desde el inicio el “pack” de acompañamiento: fuerza 2–3 días/semana (adaptada), suficiente proteína diaria según perfil y objetivos, y un seguimiento que incluya, cuando sea posible, indicadores de composición corporal y rendimiento (fuerza de agarre, test de levantarse de la silla, etc.). El cambio cultural más importante quizá sea este: los GLP‑1 han sacado la obesidad del terreno moral y la han colocado en el clínico. Pero la nueva conversación ya no es solo “funciona o no funciona”, sino “cómo funciona, para quién y con qué acompañamiento”. En 2026, la ciencia apunta a un futuro donde perder peso será menos el final del camino y más el inicio de un plan integral para vivir más y mejor.