Los fármacos basados en agonistas del receptor GLP-1 —popularizados por marcas como Ozempic o Wegovy— han cambiado el panorama del tratamiento de la obesidad y la diabetes tipo 2. Pero, a medida que su uso se normaliza, los especialistas están afinando el mensaje: bajar kilos rápido no siempre equivale a mejorar composición corporal. En consulta y en congresos se repite una preocupación creciente: parte del peso perdido puede ser masa muscular, algo que afecta a la fuerza, el metabolismo y la salud a largo plazo. La cuestión no es menor. La pérdida de masa magra durante un adelgazamiento es un fenómeno conocido desde hace décadas, especialmente cuando el déficit calórico es grande o cuando no hay estímulo muscular. Con los GLP-1, el apetito disminuye de forma notable y muchas personas comen menos proteína de la necesaria o reducen drásticamente la ingesta total. El resultado puede ser un descenso de peso “efectivo” en la báscula, pero con un porcentaje de músculo que cae más de lo deseable. La evidencia disponible apunta en esa dirección. En los ensayos clínicos con semaglutida en obesidad (programa STEP), el descenso de peso fue importante, y los análisis de composición corporal mostraron que una parte de la pérdida correspondía a masa libre de grasa, aunque la proporción varía según el método de medición, la duración del tratamiento y el perfil de cada paciente. Con tirzepatida (ensayos SURMOUNT), el patrón es similar: grandes reducciones de peso con una fracción de masa magra en el total perdido. Los expertos subrayan, no obstante, que la pérdida de grasa suele ser mayor que la de músculo y que, en personas con obesidad, mejorar el porcentaje de grasa corporal puede traducirse en beneficios cardiometabólicos claros. “Estos tratamientos funcionan, pero no son una varita mágica: si el paciente come poco y se mueve menos, el músculo sufre”, explica la doctora Ana Beltrán, endocrinóloga en un hospital público de Madrid. “La clave es acompañarlos de un plan que incluya fuerza y proteína suficiente. Si no, podemos ver fragilidad, cansancio y peor recuperación funcional, sobre todo en mayores”. La preocupación es especialmente relevante en dos grupos: personas mayores y quienes ya parten con baja masa muscular por sedentarismo, dietas restrictivas previas o enfermedades crónicas. La sarcopenia (pérdida de músculo asociada al envejecimiento) se relaciona con más caídas, pérdida de autonomía y mayor riesgo de hospitalización. “En mayores, un adelgazamiento mal dirigido puede ser contraproducente. El objetivo no es solo ‘pesar menos’, sino moverse mejor”, señala el dietista-nutricionista Javier Molina, especializado en nutrición clínica. ¿Qué recomiendan los profesionales para minimizar el riesgo? Primero, entrenamiento de fuerza de forma regular. Las guías de actividad física de la OMS ya priorizan el trabajo muscular al menos dos días por semana, y en contexto de pérdida de peso suele aconsejarse aumentar progresivamente la frecuencia y la intensidad, siempre adaptado a la condición física. Segundo, proteína suficiente repartida en el día. En adultos sanos, las recomendaciones generales parten de 0,8 g/kg/día, pero en pérdida de peso y en personas mayores muchos expertos proponen rangos superiores individualizados (por ejemplo, alrededor de 1,2–1,6 g/kg/día), valorando función renal, apetito y tolerancia. Tercero, vigilar micronutrientes y energía total: si el fármaco reduce tanto el hambre que la dieta se queda “corta” en todo, el cuerpo recorta donde puede. En la práctica, esto se traduce en estrategias sencillas: priorizar alimentos proteicos en cada comida (huevos, lácteos, legumbres, pescado, carnes magras, tofu), añadir un tentempié proteico si el volumen de comida es bajo, y planificar la fuerza como una cita innegociable. Para quien empieza de cero, caminar más puede ser un buen inicio, pero no sustituye al estímulo muscular. También se aconseja medir más que el peso: perímetro de cintura, fuerza de prensión, test de levantarse de la silla, o una bioimpedancia de calidad interpretada por un profesional. En algunos casos, la densitometría (DXA) aporta una visión más precisa de la composición corporal. Los expertos insisten en que el mensaje no debe demonizar estos medicamentos. La obesidad es una enfermedad compleja y los agonistas GLP-1 han demostrado reducir peso y mejorar marcadores cardiometabólicos, y en diabetes tipo 2 ayudan al control glucémico. Además, se investiga su posible impacto en riesgo cardiovascular en determinados perfiles. El punto, dicen, es que la “medicina de la báscula” está dando paso a la “medicina del músculo”: un enfoque donde el tratamiento farmacológico se integra con ejercicio, nutrición y seguimiento. “Lo que estamos aprendiendo es que el éxito no es solo perder kilos, sino preservar capacidad funcional”, resume Molina. “Si el paciente termina más débil, algo falla aunque el número baje”. El cierre es claro: si estás en tratamiento con GLP-1 —o lo estás considerando— conviene pedir un plan completo y personalizado. La combinación de fármaco, fuerza y proteína es la que convierte una pérdida de peso en una mejora real de salud, especialmente cuando el objetivo es vivir más y mejor, no solo entrar en una talla menos.