El sarampión, una enfermedad que muchos daban por “del pasado”, vuelve a ocupar titulares en Europa en pleno arranque del verano. El aumento de casos notificados en varios países, unido a los desplazamientos por vacaciones y a bolsas de población con baja cobertura vacunal, ha reactivado la preocupación sanitaria: el virus es extremadamente contagioso y puede causar complicaciones graves, especialmente en bebés, embarazadas y personas inmunodeprimidas. La clave del repunte no está en un cambio radical del virus, sino en un factor muy humano: la inmunidad colectiva se resiente cuando cae la vacunación. El sarampión tiene uno de los mayores índices de transmisión entre los virus respiratorios; por eso, los expertos insisten en que hacen falta coberturas sostenidas muy altas para frenar su circulación. En España, la vacuna triple vírica (sarampión, rubéola y parotiditis) está incluida en el calendario infantil y ha permitido mantener una incidencia baja durante años, pero los brotes importados o ligados a grupos con vacunación incompleta pueden aparecer. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y UNICEF han venido advirtiendo en informes recientes que, tras la pandemia, algunos países han recuperado peor de lo esperado las tasas de inmunización infantil. Ese “hueco” de vacunación se traduce en más personas susceptibles y, por tanto, en más oportunidades para que el virus encuentre cadenas de transmisión. En palabras de la OMS, la vacunación sistemática sigue siendo la herramienta más eficaz para prevenir el sarampión y sus complicaciones. En la práctica, el riesgo individual depende de la edad, del historial vacunal y del contexto. Los lactantes muy pequeños aún no han recibido la pauta completa y dependen en gran medida de la protección indirecta del entorno. Las personas nacidas en décadas en las que la cobertura fue irregular, o quienes no recuerdan si recibieron dos dosis, pueden tener dudas razonables antes de viajar o convivir con alguien vulnerable. “En consulta, lo más frecuente es encontrar adultos que creen estar vacunados, pero no pueden confirmarlo. En esos casos, revisar la cartilla o el registro vacunal y, si procede, completar dosis es una medida sencilla y segura”, explica la doctora Laura Sánchez, especialista en Medicina Preventiva en un hospital público de Madrid. El sarampión se transmite por el aire y puede permanecer en suspensión en espacios cerrados durante un tiempo. Los síntomas suelen comenzar con fiebre, malestar, tos, rinitis y conjuntivitis; después aparece el exantema característico. El problema es que una persona puede contagiar antes de que el sarpullido sea evidente, lo que facilita la propagación en colegios, aeropuertos, reuniones familiares o eventos masivos. Además, no es una infección “benigna”: puede complicarse con otitis, neumonía o, en casos raros, encefalitis. ¿Qué recomiendan las autoridades sanitarias? El Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud y las comunidades autónomas mantienen la vigilancia y la respuesta rápida ante brotes, con rastreo de contactos y vacunación de rescate cuando procede. Para la población general, el mensaje es claro: dos dosis de triple vírica ofrecen una protección muy alta. En España, la pauta infantil habitual incluye una primera dosis alrededor del primer año de vida y una segunda en la infancia (según calendario autonómico). En adultos, la indicación puede variar: quienes no estén vacunados, no hayan pasado la enfermedad o no puedan documentarlo deberían consultar con su centro de salud, especialmente si viajan a zonas con transmisión o trabajan en entornos sanitarios o educativos. Las vacaciones de verano añaden un elemento de actualidad: aeropuertos, cruceros, festivales y turismo internacional multiplican contactos. “No se trata de alarmar, sino de anticiparse. Revisar la vacunación antes de un viaje es tan importante como llevar la tarjeta sanitaria o un seguro”, señala el epidemiólogo Miguel Ángel Prieto, que recuerda que la triple vírica es una vacuna viva atenuada y puede estar contraindicada en algunas situaciones específicas (por ejemplo, inmunosupresión grave), de ahí la importancia de la valoración individual. También hay un componente de salud pública: combatir la desinformación. Los bulos sobre vacunas siguen circulando en redes y mensajería, pese a décadas de evidencia. La triple vírica tiene un perfil de seguridad ampliamente estudiado; los efectos adversos graves son muy infrecuentes, mientras que el beneficio —evitar enfermedad, hospitalizaciones y secuelas— es sustancial. En un contexto de repuntes, la pregunta relevante no es si “merece la pena”, sino si podemos permitirnos bajar la guardia. El cierre, de cara a las próximas semanas, es práctico. Si en tu familia hay un bebé, una embarazada o alguien inmunodeprimido, conviene extremar precauciones: evitar exposiciones innecesarias si hay brotes, ventilar espacios y, sobre todo, asegurar que el entorno está correctamente vacunado. Ante fiebre y exantema tras un viaje o contacto de riesgo, se recomienda consultar con el sistema sanitario e informar del antecedente para agilizar el diagnóstico y reducir contagios. En salud, el sarampión recuerda una lección antigua pero vigente: la prevención funciona, pero solo si llega a todos.