Las olas de calor ya no son un episodio “puntual” del verano: se están convirtiendo en un factor de riesgo sanitario persistente. Y el corazón lo nota. En los últimos veranos, los servicios de urgencias han observado un repunte de consultas por palpitaciones, mareos y descompensaciones en pacientes con cardiopatías, especialmente durante noches tropicales en las que el cuerpo no logra recuperar. El mensaje es claro: el calor extremo puede aumentar la probabilidad de deshidratación, alteraciones de electrolitos y estrés cardiovascular, un cóctel que favorece arritmias y empeora enfermedades previas. La relación entre altas temperaturas y mortalidad cardiovascular está bien documentada. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) han señalado que el calentamiento global incrementa la exposición a episodios de calor peligroso, con efectos especialmente graves en mayores, personas con enfermedades crónicas y quienes toman ciertos fármacos. En España, la vigilancia de temperaturas y salud pública se apoya en sistemas como Meteosalud y en planes de prevención autonómicos, pero los clínicos insisten en que la prevención debe aterrizar en recomendaciones concretas y accesibles. ¿Por qué el calor puede desestabilizar el ritmo cardíaco? Con temperaturas elevadas, el organismo intenta disipar calor mediante vasodilatación y sudoración. Esto puede provocar una caída de la tensión arterial y una activación compensatoria del sistema nervioso simpático (aumento de frecuencia cardiaca). Si además hay pérdida de líquidos y sales, se alteran electrolitos como sodio, potasio y magnesio, fundamentales para la conducción eléctrica del corazón. En pacientes con fibrilación auricular, insuficiencia cardiaca o cardiopatía isquémica, ese equilibrio es más frágil. “En consulta vemos más episodios de palpitaciones y descompensaciones cuando coinciden varios días de calor intenso, sobre todo si el paciente no duerme bien y reduce la ingesta de líquidos por miedo a levantarse por la noche”, explica la cardióloga María José Ortega, del Servicio de Cardiología de un hospital público madrileño. “No se trata solo de beber agua: en personas con tratamientos específicos hay que ajustar pautas con criterio médico y vigilar signos de alarma”, añade. Entre los grupos con mayor riesgo están las personas mayores, quienes viven solos, pacientes con insuficiencia cardiaca, enfermedad renal crónica o diabetes, y quienes toman diuréticos, algunos antihipertensivos o fármacos que pueden afectar la termorregulación. También preocupa la exposición laboral: trabajadores al aire libre y en interiores mal ventilados pueden acumular estrés térmico durante horas. “El calor no es un problema menor: es un determinante de salud. Necesitamos que la prevención llegue a los barrios, a los centros de mayores y a la atención primaria”, señala Jordi Sunyer, investigador en salud ambiental, en declaraciones a este medio. Las recomendaciones para la población general se repiten cada verano, pero conviene afinarlas cuando hablamos de corazón. Los expertos aconsejan hidratarse de forma regular (sin esperar a tener sed), limitar alcohol y bebidas muy azucaradas, priorizar comidas ligeras y ricas en agua (fruta, verdura, gazpachos), y evitar la actividad física intensa en las horas centrales. En personas con insuficiencia cardiaca o restricciones de líquidos, la consigna cambia: no aumentar la ingesta por cuenta propia y consultar si hay síntomas de descompensación (edemas, falta de aire, aumento rápido de peso). También hay señales de alarma que justifican pedir ayuda: mareo persistente, confusión, dolor torácico, falta de aire, desmayo, palpitaciones sostenidas o debilidad extrema. En caso de golpe de calor (temperatura corporal elevada, piel caliente, alteración del estado mental), la actuación debe ser urgente: enfriar a la persona y llamar a emergencias. Los especialistas recuerdan que el calor puede “enmascarar” síntomas: un cansancio que parece normal puede ser el inicio de una deshidratación severa o de una arritmia. Más allá del autocuidado, crece la presión para reforzar medidas estructurales: refugios climáticos en ciudades, avisos personalizados a pacientes vulnerables, seguimiento telefónico desde primaria en episodios de riesgo y adaptación de horarios laborales. En España, las alertas por altas temperaturas se basan en umbrales definidos por la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) y se coordinan con salud pública, pero la efectividad depende de que la población reciba el aviso y pueda actuar. Por eso, algunas sociedades científicas están reclamando integrar la variable “riesgo cardiovascular” en campañas de verano y en planes municipales de climatización de espacios comunitarios. El cierre es tan sencillo como incómodo: el calor extremo no es solo una incomodidad estacional, es un factor que puede desestabilizar el corazón. La buena noticia es que una parte importante del riesgo es prevenible con hábitos, vigilancia de síntomas y apoyo comunitario. La clave para este verano —y los que vienen— es asumir que protegerse del calor es también una forma de prevención cardiovascular.