
Un corte eléctrico largo no solo apaga luces: puede interrumpir tratamientos, estropear medicación sensible a la temperatura y complicar la atención a personas mayores o con enfermedades crónicas. Tras el último gran apagón que afectó a varias zonas del país, expertos en salud pública y farmacia recuerdan que la “preparación sanitaria” en casa es tan importante como la linterna o la radio.
En España, una parte relevante de la población vive con patologías que requieren fármacos diarios, dispositivos médicos o conservación en frío. La dependencia de la electricidad es especialmente evidente en hogares con insulina, algunos biológicos (como ciertos tratamientos para artritis o enfermedad inflamatoria intestinal), inhaladores nebulizados, equipos de oxigenoterapia, CPAP para apnea del sueño o incluso sillas de ruedas eléctricas. Un apagón puede no ser una emergencia para todos, pero sí convertirse en un problema serio para quienes dependen de esos recursos.
“La primera recomendación es identificar qué parte de tu tratamiento es crítica y qué necesita electricidad o frío. Parece obvio, pero mucha gente lo descubre el día del problema”, explica María Jesús Lamas, directora de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), en declaraciones a este medio. La AEMPS recuerda de forma general que la conservación de los medicamentos debe seguir lo indicado en el prospecto y el cartonaje, y que ante dudas sobre un fármaco expuesto a temperaturas inadecuadas conviene consultar al farmacéutico.
La cadena de frío es uno de los puntos más delicados. La mayoría de los medicamentos refrigerados se almacenan entre 2 y 8 °C. En un apagón, el frigorífico mantiene temperatura durante un tiempo limitado si no se abre con frecuencia. La recomendación práctica: no abrir la nevera salvo necesidad, agrupar los fármacos en un recipiente identificado y, si el corte se prolonga, valorar el uso de una nevera portátil con acumuladores fríos. Eso sí, con una precaución clave: evitar el contacto directo con hielo para no congelar el medicamento, ya que la congelación puede inutilizar algunos biológicos.
En el caso de la insulina, el manejo requiere matices. Las plumas o viales en uso suelen poder mantenerse a temperatura ambiente durante un periodo limitado (depende del producto), pero el stock sin abrir suele requerir refrigeración. “No es solo una cuestión de ‘se ha calentado’: hay que revisar cuánto tiempo ha estado fuera de rango y si hay cambios visibles. Si hay dudas, mejor no arriesgarse y pedir consejo”, señala Dolors Arias, farmacéutica comunitaria en Barcelona y miembro de un grupo de trabajo de atención farmacéutica. También recuerda que el paciente debe tener a mano el nombre comercial y el principio activo para facilitar alternativas si hay problemas de suministro o conservación.
Otro frente es la continuidad de los dispositivos. Para personas con apnea del sueño, un CPAP sin electricidad puede afectar a la calidad del descanso y empeorar síntomas diurnos. En oxigenoterapia, la planificación es aún más importante: quienes usan concentradores eléctricos deberían conocer si disponen de botellas de oxígeno de respaldo y el tiempo de autonomía. En estos casos, los especialistas recomiendan hablar con el proveedor y el equipo médico para contar con un plan y teléfonos de contacto, especialmente si hay movilidad reducida o vive solo.
Más allá de los casos clínicos, un apagón también impacta en hábitos básicos: hidratación, seguridad alimentaria y salud mental. Sin luz y con ascensores parados, aumenta el riesgo de caídas en personas mayores. Sin cocina eléctrica, se recurre a alimentos listos para comer, a veces ultraprocesados o con exceso de sal. Y la incertidumbre puede disparar la ansiedad. Los psicólogos aconsejan estrategias sencillas: rutina (comidas y descanso), limitar el “doomscrolling” cuando vuelve la conexión y priorizar el apoyo vecinal.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) lleva años advirtiendo que los sistemas de salud deben prepararse para emergencias que afectan a infraestructuras esenciales, incluida la energía. En el ámbito doméstico, esa preparación se traduce en un kit práctico: lista de medicación actualizada, copias de informes relevantes, cargadores externos, termómetro de nevera si se dispone, y una reserva razonable de fármacos según prescripción (sin acaparar). Para patologías crónicas, tener un plan de contingencia por escrito —qué hacer, a quién llamar, dónde acudir— reduce decisiones improvisadas.
También conviene revisar algo que suele olvidarse: la medicación “de rescate” y los consumibles. Inhaladores, tiras reactivas, lancetas, pilas para audífonos, material de ostomía o apósitos pueden volverse difíciles de reponer si el comercio está cerrado o los pagos electrónicos fallan. Tener un pequeño margen en casa, rotando caducidades, puede evitar urgencias evitables.
La lección de fondo es clara: la salud no depende solo de la medicina, sino de cómo se sostiene la vida cotidiana. Un apagón es un recordatorio incómodo de nuestra vulnerabilidad, pero también una oportunidad para planificar con calma. Preparar una bolsa sanitaria básica, revisar qué medicamentos necesitan frío y hablar con el farmacéutico o el médico sobre alternativas puede marcar la diferencia entre un contratiempo y una crisis.