La vacuna contra el herpes zóster se asocia a menor riesgo de demencia: qué se sabe y a quién le conviene

La vacuna contra el herpes zóster se asocia a menor riesgo de demencia: qué se sabe y a quién le conviene

Una vacuna pensada para prevenir el “culebrilla” podría estar dejando un efecto colateral inesperado: una menor probabilidad de desarrollar demencia en los años siguientes. La idea no es nueva, pero en los últimos meses ha ganado fuerza por la acumulación de análisis con grandes bases de datos que apuntan en la misma dirección. El mensaje, aun así, exige cautela: hablamos de una asociación, no de una prueba definitiva de causalidad.

El herpes zóster aparece cuando el virus de la varicela (varicela-zóster) se reactiva, generalmente en adultos mayores o personas con defensas debilitadas. Además del dolor agudo y el riesgo de neuralgia posherpética, desde hace tiempo se investiga si las infecciones y la inflamación crónica pueden influir en la salud cerebral. En ese marco, varios estudios observacionales han encontrado que quienes reciben la vacuna del zóster parecen presentar tasas más bajas de diagnóstico de demencia en comparación con personas similares no vacunadas.

La evidencia más citada procede de análisis retrospectivos en registros sanitarios, donde se comparan cohortes de cientos de miles de personas mayores. Estos trabajos suelen controlar variables como edad, sexo, comorbilidades, nivel socioeconómico aproximado (por ejemplo, mediante indicadores del área de residencia) y uso de servicios sanitarios. Aun así, siempre queda el riesgo de sesgo: las personas que se vacunan pueden ser, en promedio, más adherentes a recomendaciones médicas, tener mejor acceso a atención o estilos de vida más saludables, factores que también se asocian a menor riesgo de deterioro cognitivo.

“Los datos son consistentes y biológicamente plausibles, pero no equivalen a decir que la vacuna ‘previene’ la demencia”, explica la neuróloga Marta Vázquez, especialista en memoria del Hospital Clínic de Barcelona. “Lo prudente es interpretarlo como una señal interesante: reducir infecciones y reactivaciones virales podría tener impacto en procesos neuroinflamatorios a largo plazo”.

En paralelo, los investigadores discuten posibles mecanismos. Uno sería el efecto indirecto: menos episodios de zóster y menos inflamación sistémica intensa en edades avanzadas. Otro, más especulativo, apunta a que la vacunación podría modular de algún modo la respuesta inmune frente a virus neurotrópicos. También se ha planteado que evitar complicaciones del zóster —dolor persistente, trastornos del sueño, depresión reactiva— podría proteger funciones cognitivas al reducir estrés crónico y fragilidad.

Conviene distinguir entre tipos de vacunas. En España, la estrategia actual prioriza la vacuna recombinante adyuvada frente al zóster (Shingrix), por su alta eficacia y duración de protección. El Ministerio de Sanidad ha ido incorporando su administración en calendarios autonómicos para cohortes concretas, especialmente personas de 65 años y grupos de riesgo (por ejemplo, inmunodeprimidos), aunque la implantación puede variar por comunidad. La vacuna viva atenuada (Zostavax) se utiliza menos en la actualidad en muchos países por menor eficacia y limitaciones en inmunodeprimidos.

Desde el punto de vista de salud pública, el posible beneficio cognitivo sería un “extra” sobre un objetivo ya sólido: reducir casos de zóster y neuralgia posherpética, que pueden deteriorar de forma importante la calidad de vida. “Aun sin hablar de demencia, la vacunación frente al zóster en mayores tiene un impacto claro en dolor crónico y uso de recursos sanitarios”, recuerda el epidemiólogo Salvador Riera, miembro de la Sociedad Española de Epidemiología. “Si además se confirma una reducción del riesgo de deterioro cognitivo, estaríamos ante una intervención con alto valor preventivo”.

¿A quién le conviene? Para la población general, la recomendación debe seguir el calendario oficial y la indicación médica individual: edad, antecedentes, tratamientos inmunosupresores y disponibilidad en cada comunidad. Para quienes ya están en la franja recomendada, estos hallazgos pueden servir como motivación adicional, pero no deberían sustituir otras medidas con evidencia robusta para el cerebro: control de hipertensión y diabetes, actividad física regular, sueño adecuado, reducción del consumo de alcohol, dejar de fumar y una dieta de patrón mediterráneo.

¿Qué falta por saber? Principalmente, estudios que reduzcan al máximo los sesgos observacionales y, si es posible, ensayos o diseños cuasiexperimentales que permitan inferir causalidad con más seguridad. También hace falta aclarar si el efecto es similar según sexo, edad de vacunación, comorbilidades, y si se observa con la misma intensidad con la vacuna recombinante actual.

Mientras la ciencia afina respuestas, el mensaje práctico es sencillo: la vacuna del zóster ya es una herramienta eficaz para prevenir una enfermedad dolorosa y frecuente en mayores. Y, aunque todavía no sea una “vacuna contra la demencia”, la investigación abre una vía prometedora: entender cómo la prevención de infecciones y la inmunización pueden influir en la salud del cerebro a largo plazo.

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